lunes, 18 de noviembre de 2019

Luego el mecanismo se detuvo automáticamente. Todos aplaudieron entusiasmados.
Reclamaron más y así les fue concedido: del cofrecillo mágico surgió entonces una voz humana, una voz masculina, dulce y potente, con acompañamiento de orquesta. Era un célebre barítono italiano, y ahora no podía hablarse ya de perspectivas alteradas y sensación de lejanía. El magnífico órgano resonaba en todo su alcance natural, con toda su fuerza, y si uno se iba a alguna de las habitaciones vecinas y dejaba de ver el aparato, habría creído que el artista estaba cantando allí mismo, en el salón, partitura en mano. Cantaba un aria de ópera en su lengua: «Eh, il barbiere. Di qualità, di qualità! Figaro qua, Figaro là, Figaro, Figaro, Figaro!». El público se echó a reír a carcajadas al escuchar el parlando en falsete, por el contraste entre aquel vozarrón tan potente y aquella prodigiosa destreza en la articulación. Los más entendidos aun pudieron seguir y admirar su dominio del fraseo y su técnica respiratoria. Maestro de la irresistible seducción de la ópera, gran virtuoso educado en el estilo italiano, el barítono mantuvo la penúltima nota con un imponente alarde de bravura, y los allí presentes le imaginaron perfectamente: adelantándose hacia el patio de butacas, con una mano en alto, creando tal tensión que todos prorrumpieron en «¡Vivas!» y «¡Bravos!» antes de que llegase a la tónica y terminase el aria. ¡Qué maravilla! 
La montaña mágica - Thomas Mann

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