viernes, 15 de noviembre de 2019

Existen en el mundo unas circunstancias, una serie de condiciones del paisaje (si es que puede hablarse de «paisaje» en el caso que vamos a tratar) bajo las cuales resultaría natural y justificada —al menos estando ocioso— dicha confusión y neutralización de las distancias espaciotemporales, dicha tentación de caer en su peligroso hechizo. Nos referimos a un paseo a la orilla del mar, una situación que Hans Castorp siempre rememoraba con el más profundo cariño, pues, como ya sabemos, la vida entre la nieve le recordaba a menudo y muy gratamente los paisajes de dunas de su tierra. Esperamos que la experiencia y los recuerdos del lector nos sirvan de base para evocar ahora esa maravillosa sensación de estar perdido del mundo. Caminas y caminas… y por ese camino nunca llegarás a casa a tiempo, porque habrás perdido el tiempo, como te habrás perdido en el tiempo.
¡Oh, mar! Estamos lejos de ti mientras narramos, pero te dedicamos nuestros pensamientos y nuestro amor al evocarte y en voz alta para que estés presente en nuestra historia, como lo has estado siempre y como lo estarás siempre, en secreto. ¡Desierto arrullado por el mar, bajo el gris pálido del cielo, lleno de áspera humedad, cuyo sabor a sal perdura en nuestros labios! Caminamos sobre un suelo que se hunde ligeramente, salpicado de algas y pequeñas conchas, los oídos ensordecidos por el viento, ese viento grandioso, generoso y suave que recorre el espacio libremente, sin trabas ni rodeos, y que aturde dulcemente nuestra mente; caminamos, caminamos y vemos las lenguas de espuma del mar que avanza y se retira de nuevo y nos moja los pies. El oleaje hierve, luminoso y brusco, las olas se atropellan entre murmullos al romper en la orilla, aquí y allá y en los bancos de arena de alta mar; y ese fragor del mar confuso y cadencioso y omnipresente cierra nuestros oídos a cualquier voz que venga de este mundo.

La montaña mágica - Thomas Mann

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