Ante todo, esta nueva mujer mostraba saber y entender muchas cosas, tantas, que él se preguntaba, asombrado, dónde podía haber adquirido tal conocimiento y llegado a tan definidas ideas. Seguramente no en su biblioteca de muchacha. Además, ella enfocaba también las cosas desde el punto de vista legal y mostraba, si no conocimiento del mundo, sí de cómo ciertas cosas se hacen en el mundo. Tampoco su carácter era el mismo de antes. No quedaba nada de su timidez, de su inseguridad de colegiala, de esos sentimientos tan fascinadores en su original naturalidad, de sus melancolías y sus sueños, de sus asombros, sus desconfianzas, sus lágrimas, sus inquietudes…
Sí: era una nueva y desconcertante criatura la que Totsky veía ante sí riéndose de él en su cara y abrumándole con malignos sarcasmos mientras le aseveraba rotundamente no haber albergado jamás por él otro sentimiento que el del asco y desprecio más profundos, desprecio y asco que la habían invadido tan pronto como pasó el momento de la primera sorpresa. Esta nueva mujer anunció en seguida que la tenía completamente sin cuidado que Totsky se casase cuando y con quien quisiera, pero que había venido para impedirle aquel matrimonio, no por maldad, sino simplemente porque se le antojaba hacerlo así, y así lo haría. «Tengo ganas —dijo— de reírme de ti a mi vez, y me ha llegado la hora».
El idiota - Fiodor Dostoyevski
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