martes, 26 de noviembre de 2019

Cuando más adelante cambiaron las cosas, todo resultó admirable, porque la persecución había contribuido a estrechar mi amistad con los pequeños. Durante el último año casi me reconcilié con Thibaut y con el Pastor; pero entre Schneider y yo se provocaban frecuentes discusiones. Él me reprochaba lo que definía de sistema «pernicioso para los niños». ¡Cómo si yo tuviese un sistema!
Finalmente, la misma víspera de mi marcha el doctor me confió una extraña opinión que había formado sobre mí.
«He adquirido la absoluta convicción —me dijo— de que usted mismo es un verdadero niño. Quiero decir un niño en todo el sentido de la palabra. Tiene usted el rostro y la estatura de un adulto; pero nada más. Respecto al desarrollo moral, al alma, al carácter, acaso a la inteligencia, usted no es un hombre maduro, y así quedará aunque viva sesenta años».
Aquello me hizo reír mucho. Indudablemente se engaña. ¿Acaso tengo el aspecto de un niño? Sin embargo, una cosa hay verdadera y es que no me agrada tratar con los hombres, con los adultos, con las personas mayores, y —he hecho tal observación mucho tiempo atrás— no me agrada porque no soy como ellos.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

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