jueves, 14 de noviembre de 2019

Estaba claro —lo cual tampoco sorprendió a Hans Castorp— que ella no comprendía e incluso reprobaba la excitación de Joachim, su respiración acelerada y su palabra precipitada, fenómenos que probablemente se contradecían con su manera de ser y su comportamiento durante el viaje y, de hecho, estaban reñidos con su situación. Aquella vuelta a la alta montaña le parecía triste y ella creía que su comportamiento debía ser consecuente con ello. No podía compartir, no concebía las emociones de Joachim, aquel torbellino de emociones del regreso que, en un momento así, barría con cuanto encontraba a su paso y que, al reencontrarse también con el aire de allá arriba —aquel aire tan ligero, tan vacío y tan embriagador—, crecía todavía más.
«Mi pobre muchacho», pensaba al ver cómo su pobre muchacho, junto con su primo, se abandonaba a una alegría exultante, evocaba mil recuerdos, hacía mil preguntas y se reía a carcajadas de las respuestas, echándose hacia atrás en la silla. Más de una vez dijo: «¡Pero, hijos míos!». Y lo que luego añadió pretendía expresar su contento, pero se oyó en un tono de extrañeza y casi de censura: «Joachim, hace mucho tiempo que no te veía así. Se diría que teníamos que venir aquí para que volvieras a ser el mismo del día de tu nombramiento». Obviamente, la algazara de Joachim remitió de inmediato. Su buen humor cambió por completo, recobró la conciencia de su estado, enmudeció, ni siquiera probó el postre, a pesar de que era un souflé de chocolate con nata montada realmente exquisito —al contrario que Hans Castorp, quien le hizo los honores sin importarle haber cenado opíparamente una hora antes— y terminó por no levantar los ojos, sin duda porque los tenía llenos de lágrimas.
Por supuesto, no había sido ésa la intención de la señora Ziemssen. Había querido poner un poco de seriedad y moderación por respeto a las conveniencias, ignorando que todo lo moderado y comedido era ajeno a aquel lugar, y que allí sólo cabía elegir entre los dos extremos. Cuando vio a su hijo tan abatido, también ella estuvo a punto de echarse a llorar y agradeció a su sobrino los esfuerzos que hizo para animar de nuevo a aquella alma en pena en que se había convertido Joachim.

La montaña mágica - Thomas Mann

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