jueves, 28 de noviembre de 2019

—La prueba de su violencia es que la última vez casi estuvo a punto de asirme del cabello sólo por una sencilla palabra que le dije. Yo quise tranquilizarla leyéndole el Apocalipsis…
—¿Cómo? —preguntó Michkin, creyendo no haberle entendido bien.
—Leyéndole el Apocalipsis. Esa señorita tiene la imaginación inquieta… ¡Je, je! Además, he observado en ella un gusto muy acusado por los temas serios de conversación, por indiferentes que puedan parecer a su persona. Le gustan mucho, y hasta casi la lisonjea que se le hable de ellos. Sí. Y yo, por mi parte, estoy muy interesado en la explicación del Apocalipsis y hace quince años que trabajo en esa tarea. Nastasia Filipovna ha convenido conmigo en que estamos en la época simbolizada por el caballo negro, es decir, el tercero, y por el jinete que lleva en la mano una balanza, ya que en nuestro siglo todo reposa sobre la balanza y los contratos, y todos los hombres se esfuerzan en buscar únicamente su derecho: «una medida de trigo por un dinero y tres medidas de cebada por un dinero»… Y, con todo esto, quieren conservar un espíritu libre, un corazón puro, un cuerpo sano y los demás dones de Dios… Pero fundándose sólo en el derecho nunca los conservarán y a continuación vendrá el caballo pálido, y aquel que se llama la Muerte, y después el infierno. Tal es el tema de nuestras conversaciones cuando nos vernos… y por cierto que la han impresionado mucho.
—¿Cree usted en esas cosas? —preguntó el príncipe, dirigiendo a su interlocutor una mirada de extrañeza.
—Las creo y las explico. Yo soy un pobre hombre, un mendigo, un átomo en la circulación humana. ¿Quién aprecia a Lebediev? Sirve de irrisión a todos y puede decirse que no hay quien no le abrume a puntapiés. Pero en esta explicación me igualó a cualquier gran personalidad. ¡Tan grande es el poder del espíritu! Yo he hecho temblar a un alto funcionario, muy arrellanado en su sillón, impresionándole al hacerle sentir el poder del espíritu.
Hace dos años, la víspera de Pascuas, Su Ilustrísima Excelencia Nilo Alexievich, a cuyas órdenes trabajaba yo, quiso oírme y me hizo llamar adrede a su despacho por Pedro Zaharich. «¿Es verdad —me dijo cuando estuvimos a solas— que tú explicas la profecía relativa al Anticristo?». Yo no vacilé en contestar que sí, y empecé a comentar la visión alegórica del apóstol. Él principió por sonreír, pero los cálculos numéricos y las similitudes le hicieron temblar. Me rogó que cerrase el libro, me despidió y puso mi nombre en la lista de recompensas. Esto pasaba en el momento de las fiestas de Pascuas. Ocho días más tarde, Nilo Alexievich entregaba su alma a Dios.
—¿Qué dice usted, Lebediev?
—La verdad. Se cayó de su coche después de comer, dio con la sien contra un guardacantón y murió en el acto. Era un hombre de setenta y tres años, de rostro muy encarnado y cabellos blancos. Se inundaba literalmente de agua perfumada y sonreía siempre como un niñito. Pedro Zaharich recordó después mi conversación con el difunto. «Tú profetizaste esto», me dijo.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

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