viernes, 15 de noviembre de 2019

Tras beberse el café procedía del siguiente modo: con un movimiento de la mano, interrumpía la conversación y obtenía el silencio, igual que el director de orquesta pone fin al caos de instrumentos mientras los músicos afinan y pide concentración a toda la orquesta antes de atacar la obertura. Como su cabezota aureolada de mechones blancos, sus ojos descoloridos, las formidables arrugas de su frente, su larga barba y su boca doliente acompañaban a sus gestos, el efecto era irresistible: todos callaban, le miraban sonriendo, esperaban y algunos le sonreían asintiendo con la cabeza alentándole a seguir. Entonces, decía en voz baja:
—Señores y señoras… Bien. Todo va bien… ¡Punto redondo! Tengan ustedes a bien, sin embargo, considerar y no perder de vista un solo momento que… Pero sobre este asunto, ¡chitón…! Lo que me incumbe manifestar es, al menos, eso: ante todo y en primer lugar que tenemos el deber… el deber inexorable… repito y recalco esta expresión… que el deber inviolable que aquí se nos plantea… No, no, señoras y señores, ¡no es así! No es así… qué error sería por parte de ustedes pensar que yo… ¡Punto redondo, señoras y señores! Todo listo y zanjado. Ya veo que estamos de acuerdo en ello, así que: ¡vayamos al grano!
Y en realidad no había dicho nada. Pero su cabeza parecía tan imponente, el juego de su fisonomía y sus gestos era tan resuelto, tan impresionante y tan expresivo que todos, incluso Hans Castorp —que le escuchaba con disimulo—, creían haber oído cosas infinitamente importantes o, en la medida en que se daban cuenta de que aquellas palabras carecían de contenido y no iban a ninguna parte, al menos no lo echaban en falta. Cabe preguntarse cuál hubiera sido la impresión de un sordo. Tal vez se habría sentido desolado al juzgar equivocadamente el contenido de lo expresado en función de la espléndida expresividad del orador, y se habría imaginado que su afección le impedía disfrutar de algo precioso. Estas personas suelen tender a la desconfianza y la amargura. En cambio, un joven chino que estaba sentado en el otro extremo de la mesa, que sabía muy poco alemán y no había entendido nada pero sí visto todo aquel teatro, dio muestra de una enorme satisfacción, exclamando: «Very well», e incluso llegó a aplaudir.

La montaña mágica - Thomas Mann

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