—Se equivoca, amigo mío —contestó Settembrini con los ojos cerrados—. Se equivoca en primer lugar al sostener que el pensamiento no puede entenderse con carácter personal. No debería pensar eso. —Y sonrió con un gesto tan refinado como doliente—. Pero se equivoca fundamentalmente en la apreciación de que el espíritu, en general, no es lo bastante importante para provocar conflictos y pasiones tan fuertes como esas otras que trae consigo la vida misma y que no pueden solucionarse sino mediante las armas. All’ incontro! Lo abstracto, lo depurado, lo ideal es, al mismo tiempo, lo absoluto y, por lo tanto, lo realmente importante e intocable; y por eso alberga muchas más posibilidades de despertar el odio y la enemistad irreconciliable que la vida social. ¿Y aún le extraña que pueda llevar al enfrentamiento físico, al duelo, a la situación realmente radical: la lucha a muerte, mucho más directa e implacablemente que cualquier conflicto de ese otro ámbito? El duelo no es una «institución» como cualquier otra. Es lo último, es la vuelta al estado originario de la naturaleza, apenas atenuado por un código caballeresco muy superficial. Lo esencial de esta situación sigue siendo su elemento netamente primitivo: el cuerpo a cuerpo; y todos debemos estar dispuestos para esa situación, por alejados que nos sintamos de la naturaleza. Puede verse en ella en cualquier momento. Quien no es capaz de defender un ideal con su vida y con su sangre, no es digno de llamarse hombre, y hay que ser un hombre por espiritualista que se sea.
Hans Castorp había recibido una buena respuesta. ¿Qué podía contestar? Permaneció callado, meditabundo. Las palabras de Settembrini parecían serenas y lógicas; sin embargo, un poco extrañas y poco naturales en su boca. Sus pensamientos ya no eran sus pensamientos, como tampoco había sido él quien había tenido la idea del singular enfrentamiento, era una idea del «terrorista», del pequeño Naphta. Sus pensamientos eran la expresión de aquella fatídica epidemia, de aquel demonio que había convertido el sano juicio de Settembrini en su esclavo y su instrumento. ¿Cómo iba a ser posible que lo espiritual, porque era intangible, condujera de manera irrevocable a lo animal, a un desenlace por medio de la lucha física? Hans Castorp se resistía a creerlo; o lo intentaba… para darse cuenta —con honor— de que no era capaz. Aún se estremecía al recordar la escena entre Wiedemann y Sonnenschein, enzarzados en una lucha bestial y desesperada, y comprendía que al final de todas las cosas sólo quedaba el cuerpo, las uñas y los dientes. Sí, sí, había que batirse, pues así al menos se podía atenuar aquel estado originario de la naturaleza por medio de un código caballeresco. Hans Castorp se ofreció como padrino de Settembrini.
La montaña mágica - Thomas Mann
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