jueves, 21 de noviembre de 2019

Fueron horas, más de dos —lo decimos de entrada—, incluyendo un breve descanso en la «búsqueda» de Holger —o mejor dicho, de la joven Elly—, que fue tan larga y laboriosa que faltó poco para que el grupo renunciase a obtener un resultado; al margen de que, en más de una ocasión, estuvieran tentados de interrumpirla sin más por pura compasión hacia la médium, pues era obvio que le resultaba terriblemente dura y casi superior a sus delicadas fuerzas. Los hombres, cuando no huimos de la vida, de lo humano, conocemos este desazonante sentimiento de compasión —que, por otra parte, nadie quiere reconocer y sin duda está totalmente fuera de lugar—, estas horribles ganas de gritar «¡Basta!» aun cuando sabemos que es imposible y que se ha de llegar al final como sea, por una situación muy concreta: el lector habrá comprendido que hablamos de nuestra condición de esposos y padres, del parto, al que la lucha de Elly se parecía de una manera tan sorprendente e indiscutible que lo reconocieron incluso aquellos que nunca habían visto nada semejante, como era el caso del joven Hans Castorp, quien, como tampoco había huido de la vida, conoció allí aquel acto tan místico y tan físico al mismo tiempo. ¡Y qué parto fue a conocer! ¡Con qué fines y en qué circunstancias! Porque las características y detalles de aquel paritorio en la penumbra rojiza no podían calificarse sino de escandalosas, tanto por lo que respectaba a la joven parturienta, con su ligero camisón y sus bracitos desnudos, como por cuanto la rodeaba, la constante música de gramófono, siempre de tono desenfadado y alegre, la charla artificial de los presentes en el semicírculo y las voces dándole ánimos: «¡Vamos, Holger! ¡Valor! ¡Un pequeño esfuerzo y lo conseguirás!».

La montaña mágica- Thomas Mann

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