miércoles, 27 de noviembre de 2019

Rogochin iba acompañado casi por los mismos secuaces que cuando hizo su visita a Gania. No obstante, se había agregado dos nuevos reclutas: uno, un viejo desacreditado, antiguo editor de un periódico libelístico y de mala fama. Se atribuía a este hombre la anécdota de haber empeñado en cierta ocasión su dentadura postiza para poder embriagarse. El otro era un subteniente retirado, rival del señor de los puños sólidos, y absolutamente desconocido a la partida de Rogochin, que se lo había incorporado en la acera soleada de la Perspectiva Nevsky, donde solía dirigirse a los transeúntes para solicitarles, con frases a lo Marlinsky, ayudas pecuniarias, añadiendo ladino, que cuando a él, en sus tiempos, le hacían demandas semejantes siempre daba quince rublos cada vez.
Desde el principio, los dos competidores, el forzudo y el subteniente, habían sentido antipatía y hostilidad uno hacia otro. El primero consideraba afrentoso que se juzgase preciso añadir un matón más a la banda. Taciturno por naturaleza, se limitaba a emitir de cuando en cuando sordos gruñidos de oso y a mirar de arriba abajo, con supremo desdén, al pedigüeño siempre que éste, que alardeaba de hombre de mundo y fino diplomático, trataba de congraciarse con el forzudo. A primera vista el subteniente producía la impresión de ser uno de aquellos hombres que suplen la falta de fuerza con su destreza y pericia. Era, desde luego, menos corpulento que el señor forzudo. Varias veces, y sin entrar en franca disputa, hizo delicadas alusiones a la eficacia del boxeo inglés, mostrándose de este modo un paladín convencido de la cultura occidental. El señor forzudo sonrió y bufó, sin dignarse conceder a su adversario una refutación en regla, y ciñéndose a mostrarle a ratos, como por casualidad, un argumento característicamente ruso: un puño enorme, nervudo, cubierto de vello rojizo. Era evidente para todos que si aquel argumento, tan típicamente nacional, se abatía sobre un objeto cualquiera había de dejarlo reducido a gelatina.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

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