jueves, 14 de noviembre de 2019

Por algún oscuro motivo, la pesadumbre, la angustia y los peores presentimientos se hicieron todavía más fuertes en el corazón de Hans Castorp. Apenas se atrevía y, sin embargo, no tenía más remedio que rodear aquellas figuras para franquear, tras ellas, la segunda doble hilera de columnas; la puerta de bronce del santuario estaba abierta, y al pobre muchacho casi se le quebraron las rodillas ante el espectáculo que descubrió: dos mujeres de cabellos grises, desgreñadas, medio desnudas, de colgantes senos de bruja y pezones largos como dedos, se entregaban a las más horripilantes acciones ante las llamas del brasero. Sobre una crátera descuartizaban a un niño; en medio de un silencio salvaje, lo descuartizaban con sus propias manos —Hans Castorp veía los finos cabellos rubios manchados de sangre— y devoraban los pedazos haciendo crujir los frágiles huesecitos dentro de sus bocas, mientras la sangre rezumaba entre sus crueles labios. Un escalofrío de terror paralizó a Hans Castorp. Quiso taparse los ojos con las manos y no pudo. Quiso huir y no pudo. Ellas ya le habían visto mientras cometían su abominable acto, y agitaron sus puños ensangrentados tras él y le insultaron, sin voz pero con la mayor obscenidad imaginable, y además en el dialecto de la tierra de Hans Castorp. Sintió asco, el asco más terrible que había sentido jamás. Quiso huir desesperadamente de aquel lugar, pero cayó de lado junto a una columna, y justo en esa postura, con aquellas espeluznantes palabras aún resonando en sus oídos, se encontró apretado contra la cabaña, caído en la nieve, con la cabeza apoyada y las piernas, con los esquíes puestos, estiradas delante de él.

La montaña mágica - Thomas Mann

No hay comentarios:

Publicar un comentario