La montaña mágica - Thomas Mann
jueves, 14 de noviembre de 2019
Cabe observar aquí que estas conversaciones sobre la masonería que se habían desarrollado entre el discípulo y cada uno de los dos mentores por separado habían tenido lugar antes del regreso de Joachim. La discusión a la que llegamos ahora se desarrolló ya a su regreso y en su presencia; para ser exactos, nueve semanas después de su llegada, a principios de octubre, y Hans Castorp conservó el recuerdo de aquella reunión bajo un sol de otoño, tomando un refresco delante del casino de Davos Platz, porque aquel día Joachim despertó en él una preocupación que no confesó a nadie, por una serie de detalles y síntomas que generalmente no son objeto de preocupación —a saber, dolores de garganta y afonía—, molestias inofensivas que, sin embargo, Hans Castorp interpretó de un modo muy especial: a la luz que, por así decirlo, creyó percibir en el fondo de la mirada de Joachim, de aquellos ojos que siempre habían sido dulces y grandes, pero que justo aquel día, aquel mismo día y no antes, se habían tornado aún más grandes y más profundos y, por alguna razón, presentaban una expresión soñadora y —es necesario añadir la palabra clave— amenazadora, además de esa luz interior tan especial que no estaría bien caracterizada si dijésemos de ella que no gustó a Hans Castorp; al contrario, le gustó incluso mucho, lo cual no quita que le inspirase preocupación. En resumen, no es posible hablar de tales sensaciones sino de una manera confusa, como corresponde a su carácter igualmente confuso.
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