Qué extraño es ese pudor ante la vida que siente la criatura que se refugia en un rincón para morir, convencida de que no puede esperar de la naturaleza que le rodea ningún respeto ni ninguna piedad hacia su dolor y su muerte; y convencida con razón, puesto que las alegres bandadas de pájaros no sólo no respetan a sus compañeros enfermos, sino que los expulsan a picotazos de entre los sanos con gran rabia y desprecio. Pero eso es lo que sucede en el cruel mundo de la naturaleza, y el corazón de Hans Castorp se llenaba de un amor y una compasión tremendamente humanos cuando veía aquel pudor instintivo en los ojos del pobre Joachim. Caminaba siempre a su izquierda, lo hacía adrede, y, como Joachim comenzaba a andar con inseguridad, le sostenía un poco, por ejemplo, para subir la pequeña cuesta de algún prado; es más, luego olvidaba retirar su brazo del hombro de su primo hasta que éste se sacudía con cierta irritación y decía:
—¡Pero bueno! ¿Quieres dejarme? ¡Se diría que somos dos borrachos, al andar de esta manera!
La montaña mágica - Thomas Mann
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