miércoles, 27 de noviembre de 2019

—¡No se acerquen! —volvió a gritar Rogochin.
—¿Cómo que no? —dijo Nastasia Filipovna, riendo—. ¡Yo soy todavía dueña de mi casa! Si quiero puedo arrojarte por la escalera. Además, no he tomado tu dinero aún; está en la mesa. Tráelo y dámelo. ¿Y este paquete contiene cien mil rublos? ¡Qué barbaridad! ¿Qué te parece, Daría Alexievna? ¿Crees que sería capaz de hacerle desgraciado? —preguntó señalando a Michkin—. ¿Casarse el príncipe? Lo que necesita es una niñera… Pero ya veo que el general se prepara a encargarse de serlo: mírenle cómo anda alrededor de él… ¿Ves, príncipe? Tu prometida ha cogido el dinero, porque no es una mujer honrada. ¡Y tú querías casarte con ella! ¿Por qué lloras? ¿Estás disgustado? ¡Ríete, hombre, haz como yo! —mientras hablaba así, Nastasia Filipovna tenía dos gruesas lágrimas en las mejillas—. Confía en el tiempo: ya verás como todo pasa. Más vale prevenir que lamentar. Pero ¿por qué lloran todos ustedes? ¿Por qué lloras tú también, Katia? ¿Qué tienes, querida? No creas que os dejaré sin nada a Pacha y a ti; ya he tomado disposiciones… Y ahora, adiós. ¡Cuándo pienso que una mala mujer como yo te ha obligado a servirme, a ti, que eres una muchacha honrada! Créelo, príncipe: es preferible esto. Si no, más adelante me habrías despreciado y no hubiéramos vivido felices. Nada de protestas; no te creo. ¡Qué estúpido hubiera sido…! Sí: es preferible que nos digamos adiós en definitiva. ¿Para qué soñar en quimeras? ¡Aunque también yo he soñado en ellas! ¿Imaginas que no he soñado contigo? Tenías razón antes: hace mucho tiempo que estos sucesos acudían a mi espíritu. Muchas veces, durante los cinco años transcurridos en la aldea de Totsky, he esperado que un hombre como tú, bondadoso, honrado, simpático, un poco necio incluso, me buscara de pronto para decirme: «La culpa no es de usted, Nastasia Filipovna. ¡Y la adoro!». Pero el despertar de tales sueños casi me hacía enloquecer. Cada verano este hombre llegaba para pasar dos meses conmigo, llevándome la vergüenza, la deshonra, la corrupción, la degradación… Y luego se iba. Mil veces he pensado en arrojarme al agua, pero he sido cobarde y nunca me he decidido. Y ahora… ¿Estás listo, Rogochin?
—¡Sí! ¡No se acerquen!
—¡Listos! —gritaron varias voces.
Nastasia Filipovna cogió el fajo de billetes.
—Se me ocurre una idea, Gania. Quiero indemnizarte. ¿Por qué has de perderlo todo? ¿Es cierto, Rogochin, que Gania andaría en cuatro pies por el bulevar Vassilievsky a cambio de tres rublos?
—Sí.
—Escucha, pues, Gania. Quiero darme una vez más la satisfacción de asistir a una muestra de tu grandeza de alma. Tú me has atormentado durante tres meses; ahora llega mi momento. Mira este paquete: contiene cien mil rublos. Voy a tirarlo al fuego delante de todos. Cuando esté rodeado de llamas tú puedes recogerlo en la chimenea. Pero sin guantes y con las mangas recogidas. Si así lo haces, el dinero es tuyo: todos los billetes te pertenecen. Cierto que te quemarás algo los dedos, pero se trata de cien mil rublos. ¡Hazte cargo!… ¡Es cosa de un momento! Y yo admiraré tu valor viéndote sacar mi dinero de entre las llamas. Pongo por testigos a todos de que el dinero será para ti. Si tú no lo retiras, el dinero arderá, porque no he de consentir que nadie más lo toque. Retírense. ¡Quítense de en medio! Este dinero me pertenece. Rogochin me lo da a cambio de acceder por una vez a sus pretensiones… ¿Es mío ese dinero, Rogochin?
—¡Es tuyo, encanto mío; es tuyo, reina!
—Muy bien. Retírense. Puedo hacer con esto lo que se me antoje. Déjenme obrar como me parezca. Atice la lumbre, Ferdychenko.
—No me siento con fuerzas para ello, Nastasia Filipovna —repuso Ferdychenko, estupefacto.
—¡Bah! —exclamó Nastasia Filipovna.
Cogió las tenazas de la chimenea, empujó dos leños que se calcinaban sin arder y cuando hubo conseguido hacer brotar una viva llamarada arrojó el paquete al fuego.

El idiota - Fiodor Dostoyevski

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