El idiota - Fiodor Dostoyevski
jueves, 28 de noviembre de 2019
—Yo no soy enemigo tuyo, Parfen Semenovich, y no quiero estorbarte en nada. Te lo digo ahora, como te lo dije otra vez, en una circunstancia análoga a la de ahora. Ya sabes que no fui yo quien estorbó tu casamiento cuando éste iba a efectuarse en Moscú. La primera vez fue la misma Nastasia Filipovna quien sacó, por decirlo así, la cabeza de debajo de la corona nupcial y quien fue en mi busca rogándome que la «salvara» de ti. Cito sus propias palabras. Más tarde me abandonó también; la encontraste y cuando ibas a conducirla al altar, te dejó plantado y huyó, refugiándose aquí, según dicen. ¿Es verdad? Lebediev me escribió manifestándomelo y por eso he venido. Respecto a la reconciliación que ha habido ahora entre vosotros dos, no tuve la primera noticia hasta ayer, en el tren, y me la transmitió uno de tus antiguos amigos: Zaliochev. Al venir a San Petersburgo, yo tenía el fin de proponer a Nastasia Filipovna marchar al extranjero, en interés de su salud. Está enferma de cuerpo y de alma y, sobre todo, de la mente, y necesita muchos cuidados. Mi intención no era llevarla conmigo al extranjero: la habría hecho marchar, pero no la hubiese acompañado. Te digo la pura verdad. Pero si, en efecto, os habéis reconciliado, no me presentaré ante ella jamás ni volveré a hacerte visita alguna. Tú sabes que no pretendo engañarte y que he sido siempre sincero contigo. Nunca te he ocultado mi opinión sobre este asunto y te he dicho siempre que vuestro casamiento causará infaliblemente la desgracia de ella. También a ti te será fatal… y acaso más que a Nastasia Filipovna. Celebraría que volvierais a romper vuestro compromiso, pero nada haré para procurarlo. Estate tranquilo, pues, y no sospeches de mí. Además, no ignoras que yo no he sido jamás un rival en el sentido verdadero de la palabra, ni aun cuando Nastasia Filipovna se refugió junto a mí. Ya veo que te ríes: sabía que esto te iba a hacer reír. Pero así es: ella y yo vivíamos allí separados, cada uno en un sitio diferente, y tú no lo ignoras. Ya te he explicado que no la quiero por amor, sino por compasión. Juzgo exacta la definición. Tú me dijiste entonces que comprendías estas palabras. ¿Es cierto? ¿Las comprendes? ¡Oh, qué expresión de odio hay en tu mirada! Pero he venido para tranquilizarte, porque también a ti te quiero mucho, Parfen Semenovich. En fin: me voy y no volveré más. Adiós.
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