jueves, 21 de noviembre de 2019

Así vivía, echado en su excelente tumbona, y así llegó el momento, en pleno verano, en que el ciclo del año se cerró sobre sí mismo por séptima vez (él ya había perdido la cuenta).
Entonces estalló…
Pero el pudor y el recelo nos instan a no explayarnos sobre todo lo que estalló y sucedió. ¡Nada de farragosas explicaciones y exageradas hazañas! Nos limitaremos a decir en tono moderado que estalló la tempestad que todos conocemos; esa ensordecedora explosión de la fatídica amalgama entre la anestesia de los sentidos y la hipersensibilidad; una tempestad histórica —dicho con moderado respeto— que hizo tambalearse los cimientos de la tierra y que, para nosotros, sin embargo, es la tempestad que hace saltar por los aires la montaña mágica y despierta de golpe a nuestro bello durmiente. Totalmente desconcertado, se encuentra en el mundo de los despiertos y se frota los ojos como quien, a pesar de las muchas advertencias, ha pasado muchísimo tiempo sin leer los periódicos.
Su amigo y mentor oriundo de tierras mediterráneas había intentado compensarlo, esforzándose en informar a su díscolo pupilo de los acontecimientos a grandes rasgos, si bien nunca había encontrado gran interés por parte de éste, que se complacía en soñar y en «gobernar» las sombras espirituales de las cosas pero no prestaba ninguna atención a las cosas mismas…, concretamente, por una soberbia tendencia a confundir las sombras con las cosas y no ver en las cosas más que sombras, confusión por la cual tampoco se le puede reprender con demasiada severidad, puesto que se trata de una relación que sigue sin estar nada clara.

La montaña mágica - Thomas Mann

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