La montaña mágica - Thomas Mann
jueves, 21 de noviembre de 2019
Durante los últimos días de espera, en los que los nervios de toda Europa permanecieron en una tensión verdaderamente insufrible, Hans Castorp no vio a Settembrini. Las atroces noticias de los periódicos llegaron entonces directamente desde el mundo de allá abajo hasta su terraza, recorriendo el sanatorio entero, inundando el comedor e incluso las habitaciones de los enfermos y moribundos con el angustioso olor a azufre que desprendían. Y ése es justo el instante en que el feliz durmiente se incorpora en la hierba lentamente, sin saber qué le ha sucedido, y se frota los ojos… Pero vamos a desarrollar en detalle esta imagen para hacer justicia al proceso interior que sufrió. Se vio liberado del hechizo, desencantado, libre…, no por nada que él mismo hubiese hecho —como hubo de reconocer avergonzado—, sino por el poder de una serie de fuerzas elementales que se liberaron en el mundo y que, secundariamente, le liberaron también a él. No obstante, aunque su insignificante destino individual se perdiese en la inmensidad del destino del mundo, ¿acaso esta liberación no era muestra de una bondad y una justicia de los dioses para con él, para con su persona concreta? ¿No parecía que la vida volvía a acoger en su seno a su «niño mimado» y perdido? Cierto es que no lo hacía abriéndole un camino de rosas, sino de esta forma tan drástica y tan terrible que, dado el caso, tal vez no significaría la vida misma, sino tres salvas de honor en su memoria, en la del joven pecador. Y así cayó de rodillas, con el rostro y las manos elevados hacia el cielo, un cielo sombrío y cargado de vapores de azufre, pero que había dejado de ser la bóveda cavernosa de la montaña del pecado.
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