La montaña mágica - Thomas Mann
jueves, 14 de noviembre de 2019
La muerte es un gran poder. En su presencia, uno se descubre y camina sigilosamente, de puntillas. La muerte viste la golilla almidonada del pasado, y nosotros nos vestimos de negro riguroso en su honor. La razón se ve ridícula ante la muerte, pues no es nada más que virtud, mientras que la muerte es libertad, excentricidad, ausencia de forma y placer. Placer, dice mi sueño, no amor… La muerte y el amor no casan bien… es una mala asociación, una asociación de mal gusto, equivocada. El amor es lo único que hace frente a la muerte; sólo el amor, no la virtud, es más fuerte que ella. Sólo el amor, no la virtud, inspira buenos pensamientos. También la forma está hecha únicamente de amor y de bondad, la forma y la moral de una comunidad inteligente y amable, y de un bello Estado humano (a la vista del trasfondo de la escena sangrienta). ¡Oh, así es como se explica con claridad lo soñado, así está bien “gobernado”! Pensaré en ello. Quiero conservar en mi corazón la fidelidad a la muerte, pero quiero acordarme bien de que la fidelidad a la muerte y al pasado no es más que maldad, oscura lascivia y rechazo de lo humano cuando determina nuestro pensamiento y nuestra conducta. En nombre de la bondad y del amor el hombre no debe dejar que la muerte reine sobre sus pensamientos. Y pensando esto, yo, Hans Castorp, el hijo mimado de la vida, me despierto…
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