Paseaban juntos, recorrían tres veces al día la distancia prescrita, dentro de los límites que el doctor había marcado a Joachim para que no se fatigase en exceso. Hans Castorp iba a la izquierda de su primo. Antes daba igual cómo se colocasen, pero ahora Hans Castorp prefería mantenerse a su izquierda. No hablaban mucho, pronunciaban las palabras que la vida cotidiana del Berghof llevaba a sus labios y nada más. No hay nada que decir sobre el tema que ambos callaban, sobre todo entre personas educadas en una cortesía tan rígida y adusta, que sólo se llamaban por su nombre de pila en contadas ocasiones. Sin embargo, a veces Hans Castorp sentía que una imperiosa necesidad de desahogarse y compartir lo que sentía hervía e iba a hacer estallar su pecho de civil. Pero era imposible. Aquella ola de angustia que con tanto ímpetu se había levantado en su interior se amansaba de nuevo… y no decía nada.
Joachim iba a su lado, con la cabeza baja. Miraba al suelo, como si quisiera contemplar la tierra. Era muy extraño: paseaba por allí, tan digno y correcto, saludaba con su gesto caballeresco de siempre a los que pasaban, mantenía el porte y la corrección de siempre… y, sin embargo, pertenecía a la tierra. Al fin y al cabo, todos pertenecemos a ella tarde o temprano.
La montaña mágica - Thomas Mann
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