Pero cuando salió de casa de la Filisova no era el mismo que había llamado a la puerta. Se había operado en él un cambio extraordinario e instantáneo. Otra vez andaba lento, pálido, débil, agitado, pleno de congoja. Sus rodillas temblaban y una vaga sonrisa contraía sus labios lívidos. Su «idea súbita» se había confirmado y justificado de repente. Michkin volvía a creer en su demonio.
Aunque, ¿por qué, después de todo, estaba confirmada y justificada? ¿De qué provenían aquel temblor, aquel sudor frío y aquella glacial oscuridad de su alma? ¿De que poco antes había vuelto a ver aquellos «ojos»? ¡Pero si había salido del Jardín de Verano exclusivamente para verlos! Ésa había sido su «idea súbita». Sí: estaba absolutamente seguro de que allí, cerca de esta casa, encontraría los «ojos de antes». Ése era el deseo febril que le había llevado a realizar aquella marcha, y, puesto que esperaba ver los ojos, ¿por qué su presencia le había trastornado hasta ese punto? Sí: ahora no cabía dudar de que eran los mismos que por la mañana, entre la multitud, le habían dirigido una mirada llameante en el momento en que se apeaba del tren en Moscú, los mismos, sin duda los mismos que, horas más tarde, en casa de Rogochin, sorprendiera fijos en él a espaldas suyas. Cierto que Rogochin había negado, preguntando a la vez que crispaba el rostro en una forzada sonrisa: «¿A quién pertenecían esos ojos?». Y hacía poco, en la estación de Tzarskoie Selo, cuando Michkin estaba a punto de subir al tren y dirigirse en busca de Aglaya, había vuelto a ver de repente aquellos ojos, por tercera vez en el curso del día, y entonces había sentido vivos deseos de acercarse a Rogochin y decirle a quién pertenecían los ojos en realidad. Pero había huido, confuso y turbado, de la estación, sin lograr recobrar el ánimo hasta delante del escaparate de una cuchillería, donde había valorado mentalmente en sesenta kopecs el coste de un cuchillo con mango de cuerno de ciervo. Un demonio extraño, espantable, se había asido a él definitivamente y no abandonaba su ánimo. Mientras el príncipe meditaba, sentado a la sombra de un tilo en el Jardín de Verano, aquel demonio, le había insinuado, muy quedo: «Puesto que Rogochin se obstina en seguirte desde la mañana, espiando cada uno de tus pasos, es seguro que, al ver que no tomas el tren de Pavlovsk (lo que habrá sido un golpe terrible para él) no dejará de dirigirse allí, a esa casa de la Petersburgskaya, y vigilará si llegas tú, tú que esta mañana misma le has dado palabra de honor de no ver más a Nastasia Filipovna, y le has dicho que no habías venido a San Petersburgo por eso». Luego Michkin se había dirigido a casa de la Filisova. ¿Qué de extraño, pues, que hubiese encontrado allí a Rogochin? No había visto sino a un hombre desgraciado, muy sombrío, sí, pero cuyo estado de ánimo era fácil de comprender. Además, aquel desgraciado no se ocultaba ya. Cierto que antes había mentido, pero en la estación de Tzarskoie Selo apenas se había preocupado de ocultar su presencia. Si alguno de los dos trató de esquivarse, fue más bien Michkin que Rogochin. Y ahora, junto a la casa, el último permanecía cerca de ésta, en pie en la acera de enfrente, con los brazos cruzados. Era imposible no verle y parecía haberse colocado adrede así. Estaba allí como un acusador, como un juez, y no como…
El idiota - Fiodor Dostoyevski
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