Rojo y negro - Stendhal
lunes, 24 de febrero de 2020
Aunque no se dignaba decírselo a nadie, un acceso de fiebre de uno sus hijos la ponía casi en el mismo estado que si el niño se hubiera muerto. Una carcajada grosera o un encogimiento de hombros acompañado de algún dicho trivial acerca de lo locas que estaban las mujeres habían sido la acogida constante de las confidencias de esta clase de penas que la necesidad de desahogarse la había movido a hacerle a su marido en los primeros años de su matrimonio. Ese tipo de bromas, sobre todo cuando tenían que ver con las enfermedades de sus hijos, eran el puñal que hurgaba en la herida del corazón de la señora de Rênal. Eso fue lo que se encontró en vez de los halagos solícitos y almibarados del convento jesuítico en que había pasado la juventud. La educó el dolor. Demasiado orgullosa para hablarle de esa clase de penas a nadie, ni siquiera a su amiga la señora Derville, se figuró que todos los hombres eran como su marido, el señor Valenod y el subprefecto Charcot de Maugiron. La tosquedad y la insensibilidad más brutal para todo cuanto no fueran intereses que tuvieran que ver con el dinero, la prelación o las condecoraciones y el odio ciego contra cualquier razonamiento que los contrariase le parecieron cosas propias de ese sexo, lo mismo que calzar botas o tocarse con un sombrero de fieltro.
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