lunes, 24 de febrero de 2020

Stanislas, muy ufano, leyó a trancas y barrancas la primera palabra de un párrafo, y Julien dijo la página entera. Para que no careciera de nada el triunfo del señor de Rênal, cuando estaba recitando Julien entraron el señor Valenod, el dueño de los hermosos caballos normandos, y el señor Charcot de Maugiron, subprefecto del distrito. Con esta escena se ganó Julien el título de señor; ni los propios criados se atrevieron a negárselo.
Por la noche se presentó en casa del señor de Rênal toda la buena sociedad de Verrières para ver aquella maravilla. Julien respondía a todos con una expresión sombría que obligaba a guardar las distancias. Su fama corrió a tanta velocidad por la población que, pocos días después, el señor de Rênal, temeroso de que se lo arrebatasen, le propuso que firmase un compromiso por dos años.
—No, señor —respondió con frialdad Julien—; si usted quisiera despedirme, me tendría que marchar. Un compromiso que me ata a mí y a usted no lo obliga a nada no es equitativo; no lo acepto.
Tan bien supo apañárselas Julien que, menos de un mes después de haber llegado a la casa, hasta el mismísimo señor de Rênal lo respetaba. Como el párroco estaba reñido con el señor de Rênal y con Valenod nadie pudo irse de la lengua en lo referido al pasado entusiasmo de Julien por Napoleón: y él ya solo lo mencionaba con espanto.

Rojo y negro - Stendhal

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