—Le habrán contado —dijo sin mirarlo— que soy la única heredera de una tía muy acaudalada que vive en Besançon. Me colma de presentes… Mi hijo va progresando… de forma tan asombrosa… que querría rogarle a usted que aceptase un regalito mío, como señal de mi agradecimiento. Solo se trata de unos pocos luises para que se encargue ropa blanca. Pero… —añadió, ruborizándose más aún; y dejó de hablar.
—Pero ¿qué, señora? —dijo Julien.
—No merece la pena —añadió ella, agachando la cabeza— que le diga nada de esto a mi marido.
—Soy pequeño, señora, pero no soy bajo —respondió Julien, deteniéndose, con los ojos brillantes de ira, y enderezándose cuanto pudo—; no se ha parado usted lo suficiente a pensar en eso. Sería menos que un lacayo si me colocase en la circunstancia de ocultarle al señor de Rênal cualquier cosa que tuviera que ver con mi dinero.
La señora de Rênal estaba aterrada.
—El señor alcalde —siguió diciendo Julien— me ha entregado treinta y seis francos en cinco ocasiones desde que vivo en su casa; estoy en disposición de enseñarle mi libro de gastos al señor de Rênal y a cualquier otra persona; incluso al señor Valenod, que me aborrece.
Tras esta salida, la señora de Rênal se quedó pálida y trémula, y el paseo concluyó sin que ninguno de los dos pudiera dar con algún pretexto para reanudar la conversación. Querer a la señora de Rênal se tornó cada vez más imposible en el corazón orgulloso de Julien; ella, por su parte, lo respetó y lo admiró; la había reprendido. So pretexto de reparar aquella humillación involuntaria, se permitió las atenciones más afectuosas. La novedad de esos modales hizo dichosa ocho días a la señora de Rênal. Tuvieron el efecto de mitigar en parte la ira de Julien; distaba mucho de ver en ello nada que pudiera tener algo que ver con una inclinación personal.
«Así son estos ricos —se decía—; humillan y luego se creen que pueden remediarlo todo con unas cuantas monerías.»
Rojo y negro - Stendhal
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