martes, 11 de agosto de 2015

El pasillo oscuro de aquella pensión de Central Avenue, el negro siniestro, el cuarto sombrío de los drogadictos y ahora la chica que amaba un hombre que la despreciaba. Todo era harina del mismo costal, perverso, fascinante a causa de su fealdad misma

(...)

Me sentía como un espectro que anduviese por la tierra, un enamorado de los hombres y los animales por igual, y me inundaban olas de ternura embriagadora cuando hablaba con la gente y me mezclaba con ella por la calle. Dios Todopoderoso, Dios de mi vida, sé bueno conmigo, dame una lengua de azúcar para que los tristes y solitarios me escuchen y sean felices. Así pasaban los días. Días soñadores, días de luz, y a veces me inundaba una alegría tan serena y grandiosa que apagaba la luz y me echaba a llorar, y me sobrevenía un deseo extraño de morir.
Así escribía Bandini una novela.

(...)

Corrí hacia la explanada. Una anciana lloraba rodeada de caras pálidas. Dos hombres transportaban un cadáver. Un perro viejo reptaba sobre el estómago, arrastrando las patas traseras. Cadáveres en el extremo de la explanada, al lado de un cobertizo, cubiertos con sábanas empapadas en sangre. Una ambulancia. Dos alumnas de segunda enseñanza, cogidas del brazo, se tronchaban de risa. Miré hacia el otro lado de la calle. La fachada de las casas se había desplomado. Había camas colgando de las paredes. Cuartos de baño al descubierto. La calle estaba cubierta de un metro de escombros. Los hombres gritaban instrucciones. Tras cada temblor había una nueva caída de escombros. Los hombres retrocedían, esperaban, se lanzaban otra vez al ataque.

(...)

Las farolas se desplomaban. Los edificios se resquebrajaban como galletas aplastadas. Gritos, hombres que gritaban, mujeres que chillaban. Cientos de personas salían corriendo de las casas, huyendo del peligro. Una mujer caída en la acera daba puñetazos en el suelo. Un niño lloraba. Los vidrios se agrietaban y estallaban. Campanillas de bomberos. Sirenas. Bocinas. Locura.

(...)

Al cabo de un tiempo, tras ingerir dosis masivas del Times y el Examiner, también vosotros la querréis correr en el soleado sur. Comeréis hamburguesas año tras año y viviréis en pisos y hoteles polvorientos e infestados de bichos, pero todas las mañanas veréis el sol maravilloso, el sempiterno azul del cielo, y las calles estarán llenas de mujeres provocativas que no poseeréis jamás, y las tórridas noches cuasitropicales os hablarán de historias de amor que no viviréis nunca; pero no os preocupéis, muchachos, seguiréis estando en el paraíso, en la tierra del sol.

(...)

Hundí los dientes en la pulpa, el zumo se me escurrió hasta el fondo del estómago y allí se puso a lloriquear. Había mucha tristeza en el fondo de mi estómago. Había mucho llanto y nubes de gas, pequeñas y sombrías, me acorralaban el corazón.

(...)

Pero la dueña de la pensión, la canosa dueña de la pensión no hacía más que escribirme notas: era de Bridgeport, Connecticut, su marido había muerto, ella estaba totalmente sola en el mundo y no confiaba en nadie, no podía permitírselo, me lo dijo con estas mismas palabras, y también que yo tenía que pagar. Se acumulaba igual que la deuda nacional, tenía que pagar o marcharme, y que pagar hasta el último centavo: cinco semanas a cuenta, veinte dólares, y si no, se quedaría con mis baúles; sólo que yo no tenía baúles, sólo una maleta, de cartón además, sin una maldita correa siquiera, porque la correa la tenía alrededor de la cintura, sujetándome los pantalones, lo que tampoco era demasiado servicio porque apenas si tenía pantalones.

Pregúntale al polvo - John Fante

No hay comentarios:

Publicar un comentario