Desde el momento en que se le pedía a uno que entrase en este siglo brutal, podía suceder cualquier cosa. Por todas partes acechaban trampas como Abelman, los insípidos Cruzados por la Dignidad Mora, el cretino de Mancuso, Dorian Greene, periodistas, bailarinas de striptease, pájaros, fotografías, delincuentes juveniles, pornógrafas nazis. Y, especialmente, Myrna Minkoff. Los productos de consumo. Y, sobre todo, Myrna Minkoff. Había que darle su merecido a aquella mozuela almizcleña. Fuese como fuese. Algún día. Tenía que pagar. Pasase lo que pasase, debía darle su merecido, aunque la venganza tardase años en llegar y tuviera que acecharla durante décadas, de café en café, de una orgía de canciones folk a otra, de metro a piso, de algodonal a manifestación. Ignatius lanzó una complicada maldición isabelina sobre Myrna y, dándose la vuelta, abusó frenéticamente del guante una vez más. (...) En Levy Pants se ha preservado para la posteridad la cárcel-fábrica de inicios de la era industrial. Si la Smithsonian Institution, ese sobre sorpresa de los desechos de nuestra nación, pudiera, de algún modo, empaquetar herméticamente esta fábrica y transportarla a la capital de los Estados Unidos de Norteamérica, con todos sus obreros inmovilizados en actitud de trabajo, los visitantes que acudieran a ese discutible museo defecarían sin duda en sus chillones atuendos turísticos. Es una escena que combina lo peor de La cabaña del tío Tom y de Metrópolis, de Fritz Lang. Es la esclavitud de los negros mecanizada; ejemplifica el progreso que ha hecho pasar al negro de recoger algodón a cortarlo y coserlo. (Si estuviesen aún en la etapa recolectora de su evolución, al menos estarían en un entorno campestre saludable cantando y comiendo sandías, como se supone que hacen, según creo, cuando están en grupos al fresco). Sentí que se sublevaban mis profundas y enérgicas convicciones respecto a la injusticia social. Mi válvula tuvo una violenta reacción. La conjura de los necios - John Kennedy Toole
martes, 7 de julio de 2015
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