—Pues te lo diré. Pienso que, a la larga, los Jaime Bond conquistarán el hemisferio occidental. Naturalmente, no lo veremos nosotros, y, a medida que avancen hacia los polos, ellos se blanquearán otra vez, como los conejos y las aves para no contrastar tanto con la nieve. Pero seguirán siendo siempre Jaime Bond; y dentro de unos cuantos milenios yo, que te miro ahora, habré nacido también de las entrañas de los reyes africanos. Ahora quiero que me digas una sola cosa más. ¿Por qué odias el Sur? —No lo odio —dijo Quintín con rapidez, en seguida, inmediatamente—. No lo odio — repitió. (...) Tengo veinte años y soy más viejo que muchos que han muerto ya —dijo Quintín. Y han muerto más de los que llegaron a los veintiún años —repuso Shreve. Ahora él (Quintín) ya podía leerla, terminarla, aquella escritura burlona irónica, inclinada, que venía de un atenuado Misisipí a través de la nieve férrea (...) Enrique, que buscaba ejemplos para justificar el incesto, hablando de su duque Juan de Lorena como si tuviera la esperanza de evocar esa sombra excomulgada y condenada para que ella le dijera personalmente que todo estaba bien; así es cómo las gentes de todos los tiempos han tratado de evocar a Dios o al demonio para justificar lo que ansiaban sus glándulas (...) todo lo anterior era trabajo concluido que había que hacer y no había quien lo hiciera excepto ellos dos, del mismo modo que tiene que haber alguien que reúna las hojas secas antes de encender la fogata de San Juan. Por eso no les importaba quién hablara, puesto que las palabras solas no realizaban la tarea ni completaban el trabajo, sino un feliz matrimonio de la palabra y el oído, dentro del cual cada uno de ellos, antes del ruego, de la exigencia, perdonaba, condonaba y olvidaba las fallas del otro: fallas en la creación de esa sombra que estaban discutiendo (o, mejor dicho, dentro de la cual existían) y la audición filtraba y descartaba lo falso para conservar lo verdadero, lo que se adaptaba al preconcepto, a fin de llegar al amor, donde podría haber paradojas e inconsecuencias, pero no fallas ni falsedad. (...) —Aquella noche partió rumbo a Virginia. Contaba mi abuelo que se acercó a la ventana y lo vio cabalgar por la plaza en su flaco corcel negro, muy tieso, con el uniforme gris descolorido, y la gorra, con su penacho roto, un poco ladeada, aunque no tanto como en los viejos tiempos del sombrero de castor, como si (agregaba mi abuelo) no se mostrase arrogante como otros a pesar de su grado militar y sus prerrogativas; pero no porque la desgracia lo abatiera ni porque estuviera fatigado y rendido por la guerra, sino como si continuara meditabundo, luchando siempre por mantenerse a flote, libre y lúcido, encima de una vorágine de seres humanos tan irracionales como inesperados. (...) Y lo repitió con las mismas palabras treinta años más tarde, sentado en el despacho de mi abuelo (pero esta vez con su ropa fina, aunque un poco manchada y raída después de tres años de guerra), tintineantes los bolsillos de monedas y con su hermosa barba: barba, cuerpo e inteligencia habían llegado entonces a ese apogeo de todas las partes integrantes del hombre, en el cual éste puede decirse: Hice todo cuanto me propuse hacer. Ahora podría detenerme si quisiera; y nadie, ni siquiera yo mismo, podría acusarme de indolencia. Quizás sea éste el instante que invariablemente elige el Destino para traicionarnos, pero la cumbre nos parece tan sólida y estable que el primer paso de la caída permanece oculto por un espacio de tiempo. (...) Así aprendió; aprendió que hay diferencia entre blancos y negros, y entre blancos y blancos también. Una diferencia que no se mide por la habilidad para levantar yunques o sacar los ojos al prójimo; ni siquiera por la cantidad de whisky que uno es capaz de beber sin perder la fuerza necesaria para levantarse después y salir de la habitación. (...) Entonces Sutpen no imaginaba la existencia de semejante vida, ni la deseaba, ni sabía que existían tantos objetos codiciables en el mundo, ni sospechaba que los poseedores de esos objetos no sólo miraban por encima del hombro, despectivamente, a quienes no los poseían, sino que contribuían a esa actitud los demás privilegios y los mismos desposeídos, que sabían que jamás llegarían a tener tantas riquezas. En efecto, allá en su patria, la tierra era de todos y de cualquiera; y quien se tomara el trabajo de erigir una valla que encerrara una parcela y dijese después: “Esto es mío”, estaba loco. En cuanto a objetos, nadie tenía más que otro, pues cada uno era dueño de cuanto su energía y su valor le permitían obtener y conservar, y solamente un demente se tomaría el trabajo de reunir más de lo estrictamente necesario para comer o canjear por whisky y pólvora.Por eso no adivinaba la existencia de una región minuciosamente subdividida y limitada, habitada por gentes cuidadosamente subdivididas de acuerdo con el color de sus respectivas epidermis y la importancia de sus posesiones, un país donde un puñado de hombres posee no sólo el poder de vender, cambiar, dar muerte o vida a otros, sino una muchedumbre de seres humanos que ejercen los oficios inferiores, las acciones interminablemente repetidas, como el escanciar el whisky de la botella y colocar el vaso en la mano del bebedor, o quitarle a uno las botas para irse a la cama; las cosas que el hombre ha hecho por sí mismo desde el comienzo del mundo y hará hasta la consumación de los siglos; las cosas que nadie hace con gusto, pero nadie tampoco pretende evitar, como no podernos evitar el esfuerzo necesario para masticar, respirar y deglutir. (...) Ahora ambos bebían por turno del jarro y a menudo el demonio no se sentaba siquiera; sino que, después de la tercera o segunda libación, caía en un estado de impotente y furiosa rebelión de anciano, y poniéndose de pie, vacilante, ordenaba a gritos que le trajeran su caballo y sus pistolas para ir solo a Washington a matar a Lincoln (cuando ya era un año demasiado tarde) y a Sherman, y clamaba: «;Matadlos! ¡Matadlos como perros que son!», y Jones: «Sí, coronel, sí»; y lo sujetaba cuando estaba a punto de desplomarse. (...) O trataré de decírselo, porque hay cosas que, dichas en tres palabras, tienen tres palabras de más y en tres mil, tres mil palabras de menos, y ésta es una de ellas. Puede narrarse; yo podría escoger las mismas frases, repetir las audaces palabras injuriosas y desnudas que él pronunció, y entregarle a usted la misma incredulidad atónita y desconcertada que sentí cuando comprendí lo que me estaba diciendo. Y podría escoger tres mil oraciones y no dejarle a usted sino el ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?” que escucho y me repito desde hace casi medio siglo. (...) jamás pensó en lo que iba a pedirme hasta el momento de hacerlo, me consta que no hubiese aguardado dos meses, ni siquiera dos días, para pedirlo), mi presencia sólo representaba para Sutpen la ausencia de la oscura ciénaga, de nudosas trepadoras y enredaderas para el hombre que acababa de atravesar el pantano sin guía ni brújula, sin luz ni esperanza, azuzado por un ansia incorregible de resistir, y acabó por llegar al fin, vacilante y desprevenido, a la tierra firme y sólida, al aire asoleado, si es que para él podía existir el sol, si es que había en el mundo algo capaz de rivalizar con el blanco resplandor de su locura. (...) Yo, que nada sabía de amor, ni siquiera del amor paterno, de esa dulce, cariñosa, continua violación de la vida privada, de ese atontamiento del yo germinante e incorregible que es premio y privilegio de toda carne mamífera, me convertí, no en la amante ni en la amada, sino en algo más que el amor mismo: fui la sabia abogada andrógina del amor. (...) ¿Has observado con cuánta frecuencia, cuando nos esforzamos por reconstruir las causas que han determinado las acciones de hombres y mujeres, nos encontramos de pronto, atónitos, reducidos a aceptar la tesis de que nacieron de una de las virtudes arcaicas? El ladrón que no roba por codicia, sino por amor; el asesino a quien no mueve la pasión, sino la conmiseración. Judit, donde puso su amor puso implícitamente su confianza, y puso implícitamente su amor en la fuente de su vida y su orgullo: ese orgullo verdadero, no el ficticio que convierte lo que es incapaz de comprender en desprecio e injuria y da rienda suelta a su energía en rencillas y alfilerazos, mientras el verdadero orgullo es capaz de decirse sin rebajamiento. Amo, y no aceptaré sustituto (...) Quizá sea éste el incesto puro y verdadero: cuando el hermano comprende que la honra de su hermana debe perderse para haber existido alguna vez, y mancilla entonces esa honra en la persona del cuñado, el hombre en quien quisiera metamorfosearse, el amante, el esposo, aquel a quien elegiría por dueño, aquel por quien desearía ser despojado si pudiera metamorfosearse en la hermana, la amante, la novia. Tal vez esto era lo que se debatía no en el cerebro de Enrique, sino en su alma. Porque él nunca reflexionaba. Sentía y se ponía en actividad. Conocía la lealtad y la practicaba, conocía el orgullo y los celos; amó, mató y sufrió y creo que mató a Bon amándolo todavía, al hombre a quien había concedido cuatro años de prueba, cuatro años para deshacer el otro casamiento, sabiendo que esos cuatro años de ilusión y esperanza serían inútiles. (...) Comprendió en seguida que Sutpen había descubierto la existencia de su amante y del cariño, y su reacción, lo mismo que la de Enrique, le hizo el efecto de una torpeza moral, de un necio convencionalismo que no merecía el nombre de pensamiento, y lo estudió con la atención fría del hombre de ciencia que contempla los músculos de una rana anestesiada: analizando, contemplando todo tras esa barrera de cinismo que hacía aparecer a Sutpen y a Enrique como trogloditas. (...) Ambas solían visitar la ciudad dos o tres veces por semana, y en tales ocasiones iban a la casa de Rosa: la matrona tonta, fantástica, voluble y bien conservada, que desde hacía seis años estaba fuera del mundo, la mujer que había abandonado su hogar y su familia bañada en lágrimas para ir luego a una región sombría y pantanosa, semejante a las amargas riberas de la Estigia, donde creó dos hijos y luego se elevó, semejante a la mariposa nacida en la ciénaga, libre del peso del estómago y todos los pesados órganos hechos para el dolor y la experiencia, hasta un vacío resplandeciente y perenne de sol inmóvil. Y Judit, la jovencita que en lugar de vivir, soñaba, remota e inaccesible a toda realidad, como si estuviera completamente sorda. (...) Quizá fuera ésta la última vez que lo vio. Porque las visitas terminaron. Coldfield las dio por finalizadas. Nunca hubo día fijo para ellas: cualquier mañana, él se presentaba a la mesa del desayuno enfundado en el grave levitón negro que había usado el día de su boda y los cincuenta y dos domingos del año hasta que llegó el casamiento de Elena y luego, cuando la tía los abandonó, cincuenta y tres veces por año hasta que lo endosó definitivamente el día en que subió al desván y clavó la puerta tras sí, arrojó el martillo por la ventana y permaneció allí, esperando la muerte. (...) Era la madre, Elena, la hermana muerta: esa Niobe sin lágrimas que había concebido, en una suerte de pesadilla, de aquel demonio; y que, viva aún, se había movido sin vida y había sufrido sin llanto. Ahora tenía un aire de tranquila y estúpida desolación, y no parecía haber sobrevivido a los demás o haber muerto prematuramente: parecía no haber vivido nunca. (...) El Coronel Sutpen. Que vino no se sabe de dónde y sin anunciarse, con una banda de negros vagabundos, y llevó a cabo una plantación. (Arrancó violentamente una plantación, según dice la señorita Rosa Coldfield.) La arrancó violentamente. Y se casó con su hermana Elena y engendró una hija y un hijo. (Los engendró sin cariño, dice la señorita Rosa Coldfield.) Sin cariño. Ellos, que debían de haber sido su orgullo, el escudo y consuelo de su vejez. (Pero ellos lo aniquilaron, o algo así o fue él quien los destruyó a ellos, o algo así. Y murieron.) Murieron. Sin ser llorados por nadie, dice la señorita Rosa Coldfield. (Salvo por ella.) Sí, salvo por ella. (Y por Quintín Compson.) Sí, por Quintín Compson. ¡ Absalón, Absalón ! - William Faulkner
lunes, 17 de agosto de 2015
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