Esch o la anarquía - Hermann Broch
domingo, 28 de agosto de 2022
Es un país casi despoblado y los escasos colonos que lo habitan son extranjeros. No mantienen ningún tipo de relación entre sí, cada uno vive solitario en su castillo. Se ocupan de sus negocios, cultivan los campos, siembran y escardan. El brazo de la justicia no puede alcanzarles, porque no necesitan ni derecho ni leyes. Viajan en sus automóviles por las estepas y por zonas vírgenes que aún no han sido jamás cruzadas por carreteras, y su única guía es su irrealizable añoranza. Incluso cuando los colonos se han establecido, se sienten extranjeros; su añoranza es un dolor de lejanía, de una lejanía cuya luminosidad va aumentando sin llegar a ser jamás alcanzable. Y lo más sorprendente es que son hombres occidentales, es decir, unos hombres cuya mirada está vuelta hacia el ocaso, como si allá no se irguiera la noche sino la puerta de la luz. No se sabe si buscan esa luminosidad con tanto afán porque piensan con agudeza y realismo o porque temen la oscuridad. Sólo se sabe que se instalan en los lugares donde hay poco bosque o que lo talan para convertirlo en un parque rebosante de luz; pues, aunque les gusta el frescor de la fronda, dicen que deben preservar a sus hijos de su terrible oscuridad. Sea esto cierto o no, indica al menos que los colonos no poseen aquel temperamento arisco con que uno se imagina a los colonos y pioneros, sino que se parecen a las mujeres, y su nostalgia corresponde a la nostalgia que experimentan las mujeres, nostalgia que aparentemente se refiere al hombre amado, pero que en realidad afecta a la tierra prometida adonde él debe conducirlas sacándolas de las tinieblas. Pero uno ha de ser precavido con tales manifestaciones, porque los colonos se ofenden con facilidad y entonces se encierran aún más en su soledad. En cambio en las estepas, en los campos cubiertos de hierba, coronados por infinitas colinas y regados por frescos ríos, zonas que ellos prefieren, están alegres, si bien son demasiado tímidos como para ponerse a cantar. Así es la vida de los colonos, vuelta de espaldas al dolor, vida que buscan al otro lado del océano. Mueren fácilmente, juvenilmente, aunque sus cabellos ya sean grises, pues su nostalgia es una constante despedida. Son orgullosos como lo era Moisés a la vista de la tierra prometida, él sólo dentro de la añoranza de Dios, él sólo excluido. Y con frecuencia se observa en sus manos el mismo gesto de desesperanza, teñido de cierto desprecio, que hiciera Moisés en la montaña. Pues la patria del pueblo se extiende irrecuperable detrás de ellos, frente a ellos la lejanía inalcanzable, y el hombre, cuya nostalgia ha cambiado sin que él mismo lo sepa, se siente a veces como quien ha aturdido sus males, pero sin poder nunca olvidarlos del todo. Esperanza inútil. Pues ¿quién podría diferenciar el extravío del huérfano del avance hacia delante por los campos dichosos? Aunque disminuya el dolor por lo irreparable, al introducirse más y más en la tierra prometida, aunque muchas cosas se disuelvan y se pierdan en la luminosidad creciente, y el dolor esté cada vez más desligado de todo, sea más luminoso, incluso tal vez invisible, a pesar de ello no desaparece por completo, como no desaparece la nostalgia del hombre, en cuyo sonambulismo expira el mundo, desmoronándose en el recuerdo de la noche de su mujer, nostálgica y maternal, para ser al fin sólo un aliento doloroso del pasado. Vana esperanza, altanería que con frecuencia carece de fundamento. Por eso muchos colonos, aunque parezcan alegres y serenos, tienen remordimientos y están más dispuestos a la expiación que muchos otros hombres más pecadores que ellos. Ciertamente no resulta increíble que incluso haya algunos que no puedan seguir soportando la claridad y la armonía a las que se han entregado y, aun pudiendo uno creer que su incoercible dolor de lejanía ha aumentado tanto que necesariamente tendrá que volver al polo opuesto o quizá al origen, por eso precisamente no es menos increíble que uno pueda ver colonos que sollozan tapándose la cara con las manos, como si sufrieran añoranza de la patria.
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