«Si yo fuera tú, Ilona, apartaría la mano de Balthasar mientras estuviéramos comiendo». Sus palabras cayeron en el vacío, pues Ilona, evidentemente, aún no comprendía bien el alemán y, además, desconocía los sacrificios que por ella se habían hecho. Desposeída de todo idioma, apenas si podía llamársela comensal en la mesa de los atados a la carne, antes bien una visitante en la cárcel de lo terrenal o una prisionera voluntaria. Y Erna, que hoy parecía saber muchas cosas, no siguió mencionando asuntos terrenales, y fue como un testimonio de una comprensión remota el que tomara el ramo de flores de la mesa y lo sostuviera bajo la nariz de Ilona: «Huele, Ilona», le dijo, e Ilona dijo: «Sí, gracias», y las palabras sonaron como procedentes de una lejanía a la que aquel Korn mastiqueante nunca podría llegar, como si vinieran de un estrato superior al que ella podría acceder si uno se mantenía en el sacrificio. Esch se animaba con facilidad. Cada cual debe realizar sus sueños, los perversos y los santos por igual: entonces participará de la libertad. Y por más que fuera una lástima el que aquel dechado de virtudes se llevase a Erna y el que Ilona jamás pudiera presentir que se iba a echar la última raya de una cuenta, fue, no obstante, una conclusión y un cambio, una prueba testimonial y un nuevo conocimiento, que Esch se levantara y bebiera a la salud del grupo y dijera unas breves palabras de felicitación para los novios; todos se sorprendieron, excepto Ilona, a quien, en realidad, iba dirigido. Pero como, de suyo, respondía al deseo de todos, se sintieron agradecidos, y Lohberg le estrechó varias veces las manos con los ojos húmedos. Después, obedeciendo una orden suya, los novios se dieron el beso de prometidos.
Pese a todo, a Esch no le pareció definitivo cuanto acababa de suceder y, cuando todo terminó y Korn se había retirado ya en compañía de Ilona, y la señorita Erna se disponía a ponerse las agujas del sombrero para ir con Esch a acompañar hasta su casa a su prometido, Esch se opuso: no, no le parecía correcto que él, un hombre soltero, pasara la noche en casa de la novia de Lohberg; él estaría dispuesto a hospedarse hoy en casa del señor Lohberg o a cambiar con él de habitación, posibilidad esta última que debían tener en cuenta ya que, como recién prometidos, tendrían muchas cosas que decirse. Y con estas palabras los empujó a los dos dentro de la habitación de Erna, y él se fue a la suya.
De este modo terminó el día de su primera liberación y empezó la primera noche de su extraordinaria y desagradable renuncia.
EL INSOMNE
Aquel que sin poder conciliar el sueño apaga con las blandas y húmedas yemas de los dedos la vela que tiene junto a su cama y espera en su cuarto, en el que se está fresco ahora, el sueño reparador, vive hacia la muerte a cada latido de su corazón, pues cuanto más insólitamente se ha expandido el frescor por la habitación en torno a él tanto más ardiente y premioso es el tiempo en el interior de su cerebro, tan premioso que principio y final, origen y muerte, ayer y mañana se derrumban y funden en un solitario y único ahora y lo llenan hasta el borde y casi lo hacen estallar.
Esch o la anarquía - Hermann Broch
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