martes, 16 de agosto de 2022

En realidad tenía la intención de ir directamente a Badenweiler, y sólo al ver el letrero indicador de la estación de St. Goar decidió hacer un alto en Mannheim. Sí, y desde Mannheim escribiría a mamá Hentjen; esto la tranquilizaría. Y Esch sonrió con ternura al pensar que ella quería matarlo; en realidad podía uno arriesgarse. Además, la visita a Badenweiler constituía ya en cierto modo un peligro, como si uno se jugara el todo por el todo, y era un precepto de honradez restituir antes el dinero ajeno. Le vino a la memoria la frase «No se juega con la vida de los seres humanos», entremezclada con el ritmo de las ruedas del tren. Vio a mamá Hentjen levantar un pequeño revólver y oyó de nuevo la voz de Harry que decía: «Tú no le harás nada». Y ahora se alinearon ante él Lohberg, Ilona, la señorita Erna y Balthasar Korn, y se asombró del tiempo que hacía que no los veía; tal vez en el ínterin no habían existido siquiera. Levantaban los brazos rítmicamente al compás para saludarle, y parecía moverlos un eminente e invisible titiritero que tirase de unos hilos aparecidos de repente. Un vagón de tercera clase es como la celda de una cárcel, y allá arriba, en la parte izquierda del escenario, allá donde al hombre le suele faltar un diente, había aparecido un telón gris, un telón de cartón, tras el cual no hay más que los polvorientos y grises muros del escenario. Pero sobre el telón estaba escrita la palabra «cárcel» y, aunque uno sabía que detrás no había nada, sabía también que en la cárcel había alguien, alguien que no existe y que, sin embargo, es el protagonista. Pero el escenario sobre el cual cuelga como si fuera un diente el telón de la cárcel tiene al fondo un enorme panel sobre el cual está pintado un hermoso parque. Los ciervos pacen por entre poderosos árboles y una muchacha con un traje en el que brillan innumerables lentejuelas recoge flores. El jardinero, con un sombrero de paja de anchas alas, las tijeras en la mano y acompañado de un perrito, está de pie junto al estanque, cuyo surtidor lanza al aire un penacho blanco que parece un látigo resplandeciente y refrescante. Muy a lo lejos se vislumbran las luces y los adornos de un suntuoso castillo, en cuyas almenas ondea la bandera negra-blanca-roja. Y esto lo llenaba a uno nuevamente de inseguridad.

Esch o la anarquía - Hermann Broch 

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