Me las arreglé como pude. En pocos minutos, la historia de la pobre «chica de las flores» captó la atención de mis oyentes. Hicieron incluso algunas preguntas; cuanto más avanzaba el relato, menos parpadeaban.
Sin embargo, la magia no fue la misma que con Luo. Yo no era un narrador nato. Yo no era él. Al cabo de media hora, «la chica de las flores», que se había deslomado para conseguir algo de dinero, llegaba corriendo al hospital, pero su madre había muerto ya, tras haber gritado desesperadamente el nombre de su hija. Una verdadera película de propaganda. Normalmente era el primer punto culminante del relato. Ya fuera en la proyección del film, ya en nuestra aldea, cuando la habíamos contado, la gente lloraba siempre en ese instante preciso. Tal vez las brujas estuvieran hechas de otra pasta. Me escuchaban atentamente, con cierta emoción, advertí incluso que un pequeño estremecimiento les recorría el espinazo, pero las lágrimas no acudieron a la cita.
Decepcionado por mi falta de éxito, añadí el detalle de la mano de la muchacha temblando, los billetes resbalando de sus dedos… Pero mi auditorio resistía.
De pronto, del interior de la mosquitera blanca brotó una voz que parecía salida del fondo de un pozo.
—El proverbio dice que un corazón sincero puede hacer que florezca una piedra —vibró la garganta de Luo—. Pero decidme, ¿acaso el corazón de la «chica de las flores» no era lo bastante sincero?
Me impresionó más el hecho de que Luo hubiese pronunciado demasiado pronto la frase final de la película que su brutal despertar. Pero qué sorpresa cuando miré a mi alrededor: ¡las cuatro brujas lloraban! Sus lágrimas brotaban, majestuosamente, derribando las presas, transformándose en torrente sobre sus rostros gastados, agrietados.
¡Qué talento de narrador el de Luo! Podía manipular al público sencillamente cambiando de lugar una voz en off, incluso cuando estaba abrumado por un violento acceso de paludismo.
Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie
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