—Aquí están —dijo Aglaya, sacando tres cartas cada una en un sobre diferente y mostrándoselas al príncipe—. Desde hace ocho días me pide con encarecimiento que me case con usted. Esa mujer… Sí, es inteligente, aunque loca. Tiene usted razón al creerla más inteligente que yo. Me dice que me quiere mucho, que a diario busca ocasión de verme, aunque sólo sea de lejos. También asegura que usted me ama, que lo ha notado hace mucho tiempo, que cuando vivían juntos usted le hablaba mucho de mí. Quiere verle feliz y está segura de que yo puedo darle la felicidad. ¡Son unas cartas tan raras! No las he enseñado a nadie; esperaba a hablar con usted. ¿Sabe lo que significan? ¿Lo ha adivinado?
—Significan la locura y prueban que está loca —dijo Michkin, cuyos labios comenzaron a temblar.
—¿Llora usted?
—No, Aglaya, no lloro —contestó él, mirando a la joven.
—¿Qué hago? ¿Qué me aconseja? No puedo seguir recibiendo esas cartas.
—No se lo impida, se lo ruego —impetró Michkin—. ¿Qué le va usted a hacer? ¿No ve que está loca? Haré todo lo posible por mi parte para que no vuelva a escribirle.
—Entonces es usted un hombre sin corazón —exclamó violentamente Aglaya—. ¿No ve que no es a mí a quien ella quiere, sino a usted? ¿Es posible que usted, que la ha estudiado tan bien, no lo haya comprendido? ¿Sabe usted lo que denotan estas cartas? ¡Celos! ¿Cree usted que se casará con Rogochin, como dice aquí? ¡Se matará la mañana de nuestra boda!
El príncipe se estremeció. La sangre se heló en su corazón. Miró a Aglaya con sorpresa, asombrado al descubrir una mujer en aquella niña.
El idiota - Fiodor Dostoyevski
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