—¡La lancha! ¡La lancha! —gritó Starbuck—. ¡Observad vuestra lancha, viejo!
El arpón de Ajab, forjado en el fuego de Perth, permanecía firmemente sujeto en su conspicua horcadura, de manera que se proyectaba más allá de la proa de la lancha ballenera; mas el mar que la había desfondado había hecho que se desprendiera la funda suelta de cuero; y del agudo garfio de acero salía ahora una llama horizontal de pálido fuego ahorquillado. Mientras el silencioso arpón ardía allí como la lengua de una serpiente, Starbuck agarró a Ajab por el brazo…
—Dios, Dios está contra vos, viejo: ¡renunciad!, ¡ésta es una expedición mórbida! Mórbidamente iniciada, mórbidamente continuada; permitidme bracear las vergas mientras podamos, viejo, y hacer de éste un buen viento hacia el hogar, para navegar en una expedición mejor que ésta.
Al escuchar a Starbuck, la aterrorizada tripulación corrió instantáneamente hacia las brazas… aunque no quedaba ni una vela izada. Durante un momento pareció que hacían suyos todos los aterrorizados pensamientos del oficial; alzaron un grito casi de amotinamiento. Mas, arrojando los resonantes eslabones del pararrayos a cubierta y aferrando el arpón ardiente, Ajab lo blandió entre ellos como si de una antorcha se tratara, jurando atravesar con él al primer marinero que soltara un solo cabo. Petrificados por su aspecto, y retrocediendo aún más por el ardiente dardo que sujetaba, los hombres volvieron a caer en el desaliento, y Ajab habló de nuevo:
— Todos vuestros juramentos de dar caza a la ballena blanca son tan vinculantes como el mío; y el viejo Ajab está comprometido en corazón, alma y cuerpo, pulmones y vida. Y para que sepáis al son de qué melodía late este corazón, observad aquí; ¡así apago yo el último temor! —y, con un soplo de su aliento, extinguió la llama.
Moby Dick - Herman Melville
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