domingo, 4 de septiembre de 2022

El insomne ignora que su cama se encuentra en un lugar determinado, dentro de una casa real de una calle concreta, y rechaza todo cuanto pueda hacérselo recordar. Es sabido que los insomnes se encolerizan con facilidad por cualquier cosa; el ruido de las ruedas de un tranvía solitario por la calle basta para ponerles furiosos. ¡Cuánto más violento será por consiguiente su enfado ante una contradicción, si ésta es tan grande y terrible que apenas puede compararse a un error de contabilidad! El insomne acosa con febril celeridad sus propios pensamientos, para encontrar un sentido al interrogante que se cierne sobre él procedente de alguna parte, de muy lejos, de América tal vez. Siente que en su cabeza existe una región que es América, una región que es simplemente el sitio del futuro en su cerebro y que, no obstante, no puede existir, mientras el pasado continúe precipitándose desenfrenadamente en el futuro, el mundo de la nada en el mundo nuevo. Él mismo es arrastrado por este cataclismo de destrucción, pero no en solitario, sino que cuantos le rodean son barridos juntamente con él por el glacial huracán, y todos siguen a aquel que se ha arrojado el primero a esta tempestad, aniquilados a fin de que el tiempo vuelva a ser tiempo. En este momento no existía el tiempo, sólo un espacio extraordinariamente grande: el insomne, el expectante, oye todas las agonías, y aunque mantiene fuertemente cerrados los párpados para no ver, sabe que la muerte es siempre un asesinato.

Esch o la anarquía - Hermann Broch 

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