Se había levantado de un salto y señalaba con el dedo a Joachim. Después cogió un plato y, como si apuntara, cerró un ojo. Pero el médico se levantó también y le puso una mano en el brazo: «Venga, señor Von Pasenow, vamos a charlar un rato en su habitación». El señor Von Pasenow le miraba sin comprender; el otro le sostuvo la mirada: «Venga conmigo, charlaremos un poco nosotros dos solos». «¿Realmente solos? Y yo ya no tendré miedo…» Ahora sonreía con aire de desamparo y tocó la mejilla del médico. «Eso es, demostrémosles que…» Hizo un gesto despectivo en dirección a la mesa y se dejó conducir fuera de la habitación.
Joachim había escondido la cara entre las manos. El padre lo había estigmatizado; por fin había ocurrido y, sin embargo, él se rebelaba. El pastor se le acercó y él oía de lejos banales palabras de consuelo: evidentemente el padre también tenía razón en este caso; este servidor de la iglesia cumplía mal su misión, debería saber que la maldición de un padre pesa imborrable sobre los hijos, debería saber que es la misma voz de Dios la que habla por boca de un padre y la que anuncia la prueba por la que uno debe pasar: ¡oh!, por eso el padre había caído en la locura, ya que nadie puede ser, impunemente, el portavoz de Dios. Realmente el pastor sólo podía ser un hombre vulgar ya que, si fuera de verdad instrumento de Dios sobre la tierra, también tendría que hablar como un loco. Pero Dios ha indicado el camino que lleva a la gracia sin mediación de ningún clérigo; uno no podía rebelarse contra esto; uno debía obtener la gracia por sí solo y en el propio dolor. Joachim dijo: «Le agradezco sus buenas palabras, señor pastor; ahora necesitaremos con frecuencia que usted nos proporcione su consuelo». Entonces volvieron los médicos; el señor Von Pasenow dormitaba bajo los efectos de una inyección.
Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch
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