Esch o la anarquía - Hermann Broch
sábado, 13 de agosto de 2022
Oh, extinguirse, convertirse para siempre en un huérfano, aniquilarse uno mismo con toda la injusticia que se soporta y que se ha acumulado, pero aniquilar también a la mujer cuyos labios se busca, aniquilar el tiempo, tiempo que fue también de ella, tiempo depositado en estas mejillas ajadas, anhelo de exterminar a la mujer que había vivido en el tiempo para hacerla resucitar renovada e intemporal, entregada y dominada en esta íntima unión. Ahora la boca de ella se había unido a la suya, como el hocico de un animal apretado contra un cristal, y Esch se enfureció, porque ella, para evitar que él se la arrebatase, retenía el alma prisionera tras los dientes apretados. Y cuando ella, con un ronco gruñido, abrió finalmente los labios, Esch sintió una felicidad que jamás le había hecho sentir ninguna otra mujer, y fluyó sin fin en ella, anhelando poseer a aquella mujer que había dejado de ser ella misma para convertirse en una vida recibida de nuevo, maternal, arrancada del seno del misterio, aniquiladora del yo, que había roto sus fronteras, sumergida y anegada dentro de su propia libertad. Porque el hombre que quiere el bien y la justicia quiere lo absoluto, y Esch comprendió por primera vez en su vida que esto no depende del placer, sino de una unión que está por encima de cualquier motivación casual, triste o incluso mezquina, y que radica en un extinguirse en común, que, fuera del tiempo, anula el tiempo; comprendió que el renacer del ser humano es algo tan sereno como el todo, el cual, sin embargo, es capaz de empequeñecerse y ceñirse al hombre, cuando lo exige la voluntad en éxtasis, a fin de que sea para él lo que únicamente a él le corresponde: la redención.
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