Esch o la anarquía - Hermann Broch
viernes, 12 de agosto de 2022
La señora Hentjen se sonó cuidadosamente la nariz y observó el resultado en el pañuelo. Esch le había contado el incidente con la impetuosa checa, tal vez por remordimiento, y la señora Hentjen le increpó con dureza diciendo que bien merecido habría tenido que aquella mujer, digna de compasión, le hubiera arrancado los ojos. Que estas cosas sucedían cuando se mezclaba uno suciamente con mujeres de tal calaña. Y que él no tenía dignidad. Una mujer que hubiera debido estarle agradecida por haberle proporcionado la oportunidad de ganar dinero. Este era su modo de dar las gracias. Pero aquella checa tenía toda la razón: era así como había que tratar a los hombres, no merecían nada mejor. ¡Divertirse viendo cómo un par de mujerotas en mallas se pegaban sobre un escenario! Aquellas mujeres eran diez veces mejores que aquellos hombres a los que debían tolerárselo todo. Y añadió mordaz: «Tire de una vez su cigarro».
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