martes, 9 de agosto de 2022

La señora Hentjen, con el traje de seda marrón que, de ordinario, no solía ponerse hasta la noche, había pasado la tarde en casa de una amiga, y al regresar la invadió de nuevo aquella oleada de cólera que acostumbraba a sentir al contemplar aquella casa y aquel local en los que se veía obligada a vivir desde hacía tanto tiempo. Desde luego, con aquel negocio tenía uno bastante bien guardadas las espaldas, y, cuando sus amigas la alababan o lisonjeaban por su capacidad, experimentaba una sensación de bienestar que arreglaba muchas cosas. Pero ¿por qué no tendría a su cargo una tienda de lencería o una corsetería o una peluquería de señoras, en lugar de tener que habérselas todas las noches con aquella partida de borrachos? De no llevar el corsé bien apretado, las náuseas habrían agitado su cuerpo a la vista de aquella casa: hasta tal punto odiaba a los hombres que la frecuentaban y a los que ella tenía que servir. Aunque tal vez odiaba todavía más a las mujeres, siempre tan tontas y siempre persiguiendo a los hombres. No, entre sus amigas no había ninguna de esas que se pirran por los hombres, que se mezclan con estos sujetos y los admiten junto a sí como las perras. El día anterior había descubierto a la criada en el patio con un muchacho, y todavía le escocía agradablemente la mano con que le había dado de bofetadas: tenía ganas de emprenderla otra vez con la muchacha. Sí, las mujeres eran, quizá, más repugnantes aún que los hombres. Ella prefería a sus camareras o a las mujerzuelas que despreciaban a los hombres cuando tenían que acostarse con ellos: le gustaba hablar con estas mujeres largo y tendido, le gustaba que le contasen sus cosas, las consolaba y mimaba a fin de reparar sus sufrimientos. Por esta razón los empleos en la taberna de mamá Hentjen estaban muy solicitados, y las chicas los consideraban como algo codiciable que querían conservar a toda costa. Y mamá Hentjen se alegraba de que le tuvieran este apego y este afecto.

Esch o la anarquía - Hermann Broch 

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