—Sí —asintió Esch—, son una pandilla de cerdos; ahora le dejan en la estacada.
Desde luego el propio Martin se había reído de los periódicos socialistas, a pesar de que lo lógico era pensar que eran precisamente los más idóneos para defender las ideas socialistas. Así pues, ¿tiene Martin ideas socialistas o no? A Esch le molestaba que Martin le ocultase algo. Aquel que posee la verdad puede redimir a los demás; es lo que practicaron los mártires cristianos. Y, como se sentía muy orgulloso de su cultura, dijo: «En tiempo de los romanos también había luchas, sólo que con leones. Corría la sangre. En Tréveris hay un circo romano». «¿Sí?», preguntó la señora Hentjen con curiosidad, pero, como no obtuviera respuesta, prosiguió: «¡Y esto es lo que usted quisiera introducir aquí! ¿Verdad?». Esch denegó con la cabeza sin pronunciar palabra. Si Martin sin convicciones, sin un conocimiento superior al de los demás, sin recibir la gratitud de nadie, se sacrificaba y comía nabos, era que se sacrificaba simplemente por sacrificarse, por el sacrificio en sí. Tal vez uno debía sacrificarse primero a fin de —¿cómo lo decía aquel idiota de Mannheim?— poder conocer la gracia de la redención. En este caso, quizá Ilona necesitaba los cuchillos, por amor al puro sacrificio, quién podía saberlo, y Esch sacó en conclusión: «Yo no quiero nada en absoluto. Tal vez todas las luchas sean una absoluta idiotez». «Efectivamente, eso es lo que son», dijo mamá Hentjen. Y él experimentó de nuevo por mamá Hentjen aquel profundo respeto que le hace a uno sentirse protegido.
Esch o la anarquía - Hermann Broch
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