domingo, 7 de agosto de 2022

Joachim reconoció que así era, y sintió fija en él la mirada de Elisabeth, y se admiró de nuevo de que aquellas estrellas convexas y transparentes, a derecha e izquierda de una nariz, pudieran enviar algo parecido a una mirada. ¿Qué es una mirada? Se llevó las manos a los ojos y ahora era Ruzena la que estaba allí, eran los ojos de Ruzena los que rozó emocionado a través de los párpados. No podía imaginarse a sí mismo acariciando alguna vez los ojos de Elisabeth. Tal vez era cierto lo que uno había aprendido en la escuela y había frialdades capaces de causar heridas de fuego; «frialdad del universo», se le ocurrió ahora, «frialdad de las estrellas». Allí flotaba Elisabeth sobre su nube de plata, intocable su rostro fluyente y desvanecido, y le pareció una cruel mortificación que sus padres la hubieran besado al levantarse de la mesa. Pero ¿de qué esfera provenía aquél en cuya criatura y víctima casi se había convertido Elisabeth? Si Dios les había enviado, a él y a ella, un tentador, ¡formaba parte de las pruebas impuestas liberar a Elisabeth de estas afrentas terrenales! El trono de Dios se asienta en la frialdad absoluta y sus mandamientos son despiadados, se engarzan unos con otros como las ruedas dentadas de las máquinas de Borsig, y todo aquello era tan coercitivo que a Joachim casi le tranquilizó ver un único camino de salvación, el recto camino del deber, aunque él mismo tuviera que abrasarse en él.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

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