martes, 9 de agosto de 2022

Había llegado, pues, el momento. Elisabeth se había despedido de él con un cordial «buenas noches», y Joachim paseaba arriba y abajo por su habitación. ¿Debía acostarse? Contempló la cama abierta. Sin embargo, se había jurado a sí mismo hacer guardia ante la puerta de Elisabeth, custodiar su sueño celestial, a fin de que ella soñara eternamente sobre su nube de plata: pero de repente esto carecía de sentido, y todo parecía empujarle a ponerse cómodo. Se miró en el espejo y sintió la protección de su larga guerrera; era una desvergüenza que la gente se presentara a una boda vestida de frac. No obstante, debía pensar en lavarse y lentamente, como si cometiera un sacrilegio, se quitó la chaqueta y echó agua en la jofaina de la mesilla-lavabo marrón oscuro. Todo aquello era penoso y absurdo, a menos que fuera un engranaje más de la cadena de pruebas a las que había que someterse; habría sido más sencillo si Elisabeth hubiera cerrado la puerta, pero seguro que no lo había hecho por delicadeza. Joachim se acordó de haber vivido ya esta situación, y entonces surgió con furor de castigo el recuerdo de una mesilla-lavabo bajo una lámpara de gas y una puerta cerrada: espantoso como recuerdo de Ruzena, no menos espantoso como problema de cómo enfocar la idea de lavarse en la vida en común con un ángel, ambas cosas una humillación para Elisabeth y una nueva prueba para él. Se lavó el rostro y las manos, con breves y silenciosos movimientos, para evitar el choque de la porcelana sobre el mármol; pero ahora se planteaba algo inconcebible: ¿quién podía atreverse a hacer gárgaras teniendo cerca a Elisabeth? Y, sin embargo, él tenía necesidad de sumergirse más profundamente en el límpido cristal, tenía que anegarse en el líquido elemento para renacer de esta purificación como del bautizo en el Jordán. Pero ¿de qué servía incluso un baño? Ruzena le había conocido bien y sacado sus consecuencias. Se sumergió de nuevo rápidamente en su guerrera, se la abrochó reglamentariamente y siguió paseando arriba y abajo. En la habitación contigua no se movía nada y él sintió que su presencia pesaba sobre Elisabeth. ¿Por qué no le gritaba, como había hecho Ruzena desde detrás de la puerta cerrada, que se fuera? En aquella ocasión, al menos, tenía a su lado a la mujer de los lavabos, pero ahora estaba solo, sin ayuda. Se había alejado demasiado pronto de Bertrand y de su ágil seguridad, y que él hubiera podido creer que debía proteger a Elisabeth de Bertrand le producía ahora la extraña sensación de un subterfugio. Le entró un terrible remordimiento: no era a ella a quien había querido proteger y salvar, sino su propia alma con el sacrificio de Elisabeth. ¿Estaría Elisabeth ahí dentro arrodillada, rogando a Dios que la liberara de las cadenas que había aceptado por compasión? ¿No debía decirle que le devolvía su libertad, ahora mismo, y que estaba dispuesto, si ella se lo ordenaba, a llevarla inmediatamente a su casa de Westend, a su hermosa casa que la esperaba? Lleno de zozobra, llamó a la puerta que comunicaba las dos habitaciones y se arrepintió inmediatamente de haberlo hecho. Elisabeth dijo en voz baja: «Joachim», y él hizo girar el pomo de la puerta. La muchacha yacía en la cama y sobre la mesilla de noche ardía una vela. Joachim permaneció de pie en la puerta y, adoptando una postura ligeramente militar, dijo con voz ronca: «Elisabeth, sólo quería decirte que te devuelvo tu libertad; es inadmisible que te sacrifiques por mí». Elisabeth no salía de su asombro, aunque la tranquilizó que él no se acercara con la actitud de un esposo enamorado.
—¿Crees que me he sacrificado, Joachim? —y sonrió levemente—. Te has dado cuenta un poco tarde, ¿no te parece?
—No es demasiado tarde todavía, y agradezco a Dios que no sea demasiado tarde. Hasta ahora no me había dado cuenta… ¿Te llevo a Westend?
Elisabeth no pudo contener la risa; ¡ahora en plena noche! ¡Vaya ojos pondría la gente de allá!
—¿Por qué no te acuestas, Joachim? Mañana podemos hablar de todo esto con tranquilidad. También tú debes de estar cansado.
—No estoy cansado —dijo Joachim como un chiquillo obstinado.

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

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