viernes, 12 de agosto de 2022

Esch, perplejo, se secó los ojos, húmedos todavía por lo mucho que se había reído. En un rincón de su corazón se hospedaba el remordimiento y este rincón le daba la razón a mamá Hentjen; las mallas que estallaban en el escenario tenían una oscura relación con los cuchillos que ya no se podían lanzar en él, pero de esto mamá Hentjen no tenía ni idea, y por eso, en realidad, su ira resultaba incomprensible. Sentía respeto hacia ella, no quería insultarla como al idiota de Lohberg, pero seguro que ella se habría entendido mucho mejor con Lohberg, y evidentemente él no era tan fino como Lohberg. Observó el retrato del señor Hentjen que había en la repisa, para ver si tenía alguna semejanza con Lohberg, y, cuando lo hubo mirado un rato, los rostros del difunto tabernero y del comerciante de tabaco de Mannheim se fundieron en uno. Sí, se mirara como se mirara, resultaba evidente que una persona se fundía en otra y ni siquiera era posible diferenciar a un muerto de un vivo. Nadie es lo que cree ser: uno cree que es un tipo con los pies muy firmes en el suelo, que recoge sus ganancias de siete marcos y que hace lo que quiere, y la realidad es que unas veces está en un sitio y otras en otro y que incluso cuando se sacrifica no es uno mismo quien se ha sacrificado. Le invadió un ansia incontenible de demostrar que no era así, que no podía ser así y, aunque no pudiera demostrárselo a nadie, tenía que hacerle ver al menos a aquella mujer de allá dentro que no debía confundirle a él con el señor Lohberg ni con el señor Hentjen. Sin reflexionarlo más se dirigió a la cocina y le dijo a la señora Hentjen que no olvidara la subasta de vinos de St. Goar el viernes siguiente. «Encontrará usted compañía sin ninguna dificultad», replicó la señora Hentjen de pie frente al fogón. Esta respuesta le molestó. ¿Qué pretendía de él? ¿Acaso debía pronunciar sólo las palabras que ella le indicara y que ella quería oír? No pudo evitar el pensar en la pianola de la taberna, que cualquiera podía manejar. Pero a ella no le gustaba aquella máquina. Si la criada no hubiera estado presente, le habría gustado vencerla por la fuerza, allí mismo, tal como estaba, tan tiesa junto al fogón, sólo para convencerla de que él existía. Pero se limitó a decir: «Ya lo he arreglado todo: iremos en tren hasta Bacharach y desde allí en barco hasta St. Goar. Llegaremos hacia las once, a tiempo para la subasta. Por la tarde podríamos subir a la Lorelei». A ella le asustó un poco la firmeza de aquella decisión, pero se esforzó en adoptar un tono burlón: «Grandes planes, señor Esch». Esch recobró la seguridad en sí mismo: «Esto es sólo el comienzo, mamá Hentjen; la próxima semana habré ganado, en cualquier caso, mis buenos cien marcos». Y salió de la cocina silbando.
Una vez fuera, se entretuvo leyendo los periódicos que había traído y subrayó con lápiz rojo los artículos que comentaban la sesión inaugural. Le molestó no encontrar nada en el Volkswacht. Dejar que se pudriera en la cárcel un camarada del partido, un amigo, eso sí podían hacerlo. Pero, en cambio, no podían escribir ni un miserable artículo. También aquí sería necesario imponer orden. Sintió en sus adentros que poseía fuerza suficiente para hacerlo y tuvo la certeza de que lograría atravesar y dominar aquel caos en el que todo estaba oprimido por el sufrimiento, caos en el que amigos y enemigos se mezclaban encarnizadamente pero sin lucha.

Esch o la anarquía - Hermann Broch 

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