miércoles, 10 de agosto de 2022

Esch estaba desconcertado, en realidad más desconcertado de lo que quería admitir. Sólo sabía que debía beber algo, beber vino, a fin de poner orden en el mundo: Martin, que estaba en contra de la huelga, había sido arrestado, arrestado por una policía que estaba de parte de los armadores y de un oficial renegado, una policía que arremetía bárbaramente contra un inocente… ¡tal vez porque se le había quedado a deber la cabeza de Nentwig! Y, sin embargo, el inspector del puerto se había comportado muy amablemente con él, e incluso le había protegido. Esch sintió de pronto una profunda cólera contra Lohberg; aquel maldito idiota con su eterna limonada estaba probablemente consternado sólo porque esperaba una reunión pobre y edificante y no comprendía que las cosas podían ponerse muy duras. Aquella manía de constituir asociaciones le pareció de pronto a Esch nauseabunda: ¿para qué tantas asociaciones? No hacen más que cimentar el desorden y son probablemente las que provocan todo esto. De mal talante, la emprendió contra Lohberg: «Llévese de aquí esta maldita limonada o se la tiro al suelo… Si bebiera usted vino de verdad, al menos sería capaz de dar explicaciones más sensatas». Pero Lohberg se limitó a mirarle con ojos muy abiertos, en cuyo blanco se destacaban unas venitas rojas, y desde luego era totalmente incapaz de hallar una solución a las dudas de Esch, dudas que se acrecentaron a la mañana siguiente, cuando se supo que los cargadores y navegantes habían suspendido el trabajo en señal de protesta por la detención de Geyring, secretario de su sindicato. El ministerio público había presentado contra Geyring una acusación por el delito de incitar a la rebelión.

Esch o la anarquía - Hermann Broch 

No hay comentarios:

Publicar un comentario