Esch o la anarquía - Hermann Broch
miércoles, 10 de agosto de 2022
En esta tribulación especial que se apodera de todo ser humano cuando dejada atrás la niñez, empieza a darse cuenta de que deberá acudir solo, rotos todos los puentes, al encuentro de su muerte única y exclusiva, en esa tribulación especial que en realidad hay que llamar ya temor de Dios, el hombre busca una compañía para poder, cogido de la mano de otro, avanzar hacia el oscuro portalón, y cuando la experiencia le ha enseñado cuán innegablemente delicioso es acostarse con otro ser humano, piensa que esta íntima unión de la piel puede durar hasta la tumba: aunque muchas cosas parezcan repugnantes, porque tienen lugar entre sábanas ordinarias y mal tendidas, o porque se podría creer que a una chica sólo le interesa ser protegida por un hombre en los últimos años de su vida, sin embargo no se debe olvidar nunca que cualquier ser humano, aunque tenga la piel amarilla, sea pequeño y canijo y le falte visiblemente un diente arriba a la izquierda, invoca con sus gritos, a pesar del agujero dental, aquel amor que lo debe preservar de la muerte por la eternidad, de un miedo a la muerte que diariamente desciende con la noche sobre la criatura que duerme en soledad, un miedo que lo lame y lo envuelve como una llama, en el momento en que se despoja de sus ropas, como lo está haciendo ahora la señorita Erna: se desabrochó el descolorido corpiño de terciopelo rojo y dejó caer al suelo la falda de color verde oscuro, así como la enagua. También se quitó los zapatos; en cambio, conservó puestas las medias y el refajo blanco almidonado, sí, no acababa de decidirse a desabrocharse el corsé. Tenía miedo, pero ocultaba el miedo tras una sonrisa astuta y, a la luz oscilante de la vela que ardía sobre la mesilla de noche, se deslizó en la cama sin acabar de desnudarse.
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