Pero el hombre que en vez de enviar de viaje sus pensamientos se envía a sí mismo, ha perdido esta precipitada seguridad; su ira se ensaña contra cuanto sea obra humana, contra los ingenieros que construyen los peldaños así y no de otro modo, contra los demagogos que despotrican sobre justicia, orden y libertad como si pudieran edificar un mundo acorde con sus propias ideas; contra aquellos que todo lo saben se dirige también la ira de este hombre en quien alborea el saber de la ignorancia.
Una dolorosa libertad se anuncia proclamando que todo podría ser distinto. Las palabras con que se revisten las cosas pasan inadvertidas y se deslizan en la incertidumbre; se diría que las palabras son huérfanas. El viajero avanza inseguro por el largo corredor del vagón, un tanto extrañado de que haya ventanillas con cristales como en las casas, y pasa la mano por su fría superficie. Y de este modo el hombre que va de viaje cae fácilmente en un estado de falta de responsabilidad sin compromisos. Y cuando el tren, ya en plena marcha, parece perseguir implacable su objetivo, parece tender hacia la irresponsabilidad, y su marcha desenfrenada sólo podría ser detenida a lo sumo mediante el freno de emergencia, cuando el viajero es arrastrado velozmente por debajo de sus pies, él, que no ha perdido su conciencia bajo la dolorosa libertad de la luz del día, intenta caminar en dirección contraria. Pero no puede llegar a ninguna parte, pues aquí todo es futuro.
Esch o la anarquía - Hermann Broch
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