lunes, 25 de julio de 2022

Y con esa torpeza que invade al ser humano ante un cadáver y ante el silencio de la muerte, en que todo lo real se disgrega y aleja, en que antiguas costumbres se quiebran y desploman, en que el aire se enrarece y se hace irrespirable, era como si nunca más pudiera apartarse del túmulo y sólo con un gran esfuerzo logró recordar que éste era el salón grande y que el féretro ocupaba el lugar del piano y que detrás de la alfombra tenía que haber un trozo de parquet que nunca se había pisado; se dirigió allí lentamente, tocó la pared cubierta con un paño negro, palpó bajo la gruesa tela los marcos de los cuadros y de la Cruz de Hierro, y esta reconquista de un fragmento de realidad transformó la muerte, de modo original y casi fascinante, en una especie de problema de tapicero, dio un aire casi divertido al hecho de que hubieran colocado a Helmuth en aquella habitación, el féretro decorado con toda clase de flores, como un mueble nuevo, unió lo incomprensible de nuevo tan estrechamente a lo comprensible y a la fuerza de la certidumbre que la vivencia de estos minutos —¿o habían sido sólo segundos?— desembocó en un feliz sentimiento de tranquila confianza. El padre apareció en compañía de unos señores y Joachim le oyó repetir varias veces: «Murió por el honor». Pero cuando aquellos señores se hubieron marchado y Joachim creía estar otra vez solo, oyó de nuevo repentinamente: «Murió por el honor», y vio al padre pequeño y sólo junto al féretro. Se sintió obligado a acercársele. «Ven, padre», le dijo, y lo acompañó fuera de la habitación. En la puerta, el padre lo miró abiertamente y dijo, como si quisiera aprendérselo de memoria y deseara que Joachim también lo hiciera: «Murió por el honor».

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

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