Bertrand quedó sorprendido, pero se sintió conmovido y lleno de simpatía ante esta pregunta tan humana: «¿Yo? ¡Oh, sí, a menudo!». El señor Von Pasenow se acercó interesado: «¿Cuándo tiene usted miedo? ¿Cuando hay silencio?». Bertrand se dio cuenta de que algo no concordaba: «Pero el silencio es a veces maravilloso; precisamente ahora yo me siento dichoso en este silencio del campo». El señor Von Pasenow no estaba de acuerdo y se enojó: «Usted no comprende nada…». Y tras una pausa: «¿Ha tenido usted hijos?». «Que yo sepa no, señor Von Pasenow». «Ya, ya, por eso», el señor Von Pasenow consultó el reloj y miró a lo largo del camino; sacudió la cabeza; «incomprensible», después de nuevo a Bertrand: «¿Cuándo tiene usted miedo en realidad?», pero no esperó la respuesta, sino que miró de nuevo el reloj: «Ya tendría que estar aquí…». Después miró abiertamente a Bertrand: «¿Me escribirá usted alguna vez, cuando esté de viaje?». Bertrand asintió; lo haría con sumo gusto, y el señor Von Pasenow pareció muy satisfecho. «Sí, escríbame, me interesa, me interesan muchas cosas… escríbame también cuando tenga miedo… pero todavía no llega, usted ve, nadie me escribe, ni siquiera los hijos…» Entonces se hizo visible a lo lejos un hombre con una cartera negra: «¡Ahí está!». El señor Von Pasenow puso bastón y piernas en un movimiento rectilíneo y apresurado y, cuando el hombre estuvo al alcance de su voz, le gritó: «¿Dónde te has metido otra vez tanto tiempo? Hoy has ido a correos por última vez… Estás despedido, ¿te enteras?, ¡despedido!». Su rostro se había puesto rojo y agitaba el bastón ante las narices del hombre, mientras éste, evidentemente acostumbrado ya a tales encuentros, se quitaba tranquilamente la cartera del hombro y la tendía a su señor, que inmediatamente se sacó la llave de la chaqueta y la abrió con mano temblorosa. Temblando metió la mano en la cartera, pero, al sacar únicamente un par de periódicos, pareció que iba a repetirse el ataque de ira, ya que puso el producto de su búsqueda bajo la nariz del mensajero sin pronunciar palabra. Pero por lo visto recordó que tenía un invitado a su lado, porque tendió los periódicos a Bertrand: «Mire, véalo por sí mismo», se lamentó y los volvió a meter en la cartera, la cerró, y aclaró al reanudar la marcha: «Este año me tendré que mudar a la ciudad; aquí hay demasiado silencio para mí».
Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch
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