lunes, 4 de julio de 2022

—Si quiere que perfore su caries —dijo Luo recogiendo la gorra y volviéndola a poner en la enmarañada cabeza del jefe—, no veo más solución que atarlo a la cama.
—¿Atarme? —gritó ofendido el jefe—. ¡Olvidas que me han designado para dirigir la comuna!
—Su cuerpo se niega a colaborar y debemos jugarnos el todo por el todo.
Su decisión me sorprendió de verdad. Me he hecho a menudo, me he repetido muchas veces y sigo repitiéndome aún hoy, la misma pregunta: ¿cómo es posible que aquel tirano político y económico, aquel policía de aldea, aceptara una proposición que lo ponía en una posición tan ridícula como humillante? ¿Qué diablos pasó por su cabeza? En aquel momento no tuve mucho tiempo para pensar en la cuestión. Luo lo ató rápidamente y el sastre, viendo que le atribuían la difícil tarea de mantener aquella cabeza entre sus manos, me pidió que lo relevara al pedal.
Me tomé muy en serio mi nueva responsabilidad. Me descalcé, y cuando las plantas de los pies tocaron el pedal, sentí que todo el peso de la misión gravitaba sobre mis músculos.
En cuanto Luo me hizo una señal, mis pies presionaron el pedal para poner la máquina en marcha, viéndose rápidamente arrastrados por el rítmico movimiento del mecanismo. Aceleré como un ciclista que volara por la carretera general; la aguja se agitó, tembló, entró de nuevo en contacto con el escollo solapado y amenazador. Aquello produjo, primero, un chisporroteo en la boca del jefe que se debatía como un loco en una camisa de fuerza. No sólo estaba atado a la cama por una gruesa cuerda, sino también aprisionado entre las férreas manos del viejo sastre que le sujetaba el cuello, lo atenazaba, lo mantenía en una posición digna de una escena de captura cinematográfica. De la comisura de sus labios escapaba espuma; estaba pálido, respiraba penosamente y gemía.
De pronto, como una erupción volcánica, sentí que, sin advertirlo, brotaba de lo más íntimo de mí una pulsión sádica: reduje inmediatamente el movimiento del pedal, en honor de todos los sufrimientos de la reeducación.
Luo me lanzó una mirada cómplice.
Reduje más aún la velocidad, para vengarme esta vez de sus amenazas de inculpación. La aguja giró tan lentamente que parecía una perforadora agotada, a punto de averiarse. ¿A qué velocidad giraba? ¿Una vuelta por segundo? ¿Dos vueltas? ¿Quién sabe? De todos modos, la aguja de acero cromado había perforado la caries. Barrenaba y, de pronto, se detenía en pleno movimiento cuando mis pies hacían una pausa angustiante, al modo, esta vez, de un ciclista que deja de pedalear en una bajada peligrosa. Adoptaba yo un aire tranquilo, inocente. Mis ojos no se reducían a dos rendijas cargadas de odio. Fingía estar verificando la polea o la correa. Luego la aguja volvía a girar, a barrenar lentamente, como si el ciclista trepara, a duras penas, por una abrupta cuesta. La aguja se había transformado en cincel, en colérico buril que excavaba un agujero en la oscura roca prehistórica, haciendo brotar ridículas nubes de polvo de mármol, craso, amarillento y caseoso. Nunca había visto a alguien tan sádico como yo. Se lo aseguro. Un sádico desenfrenado.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

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