Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch
sábado, 23 de julio de 2022
Pero cuando él quiso entrar con ella, Ruzena sacudió la cabeza y él se alejó, pero el dolor de aquella despedida era tan intenso que a los pocos pasos volvió atrás y cogió aquella mano que seguía tendida inmóvil y anhelante, arrastrado por el ansia propia y atraído por la de ella, los dos como en un sueño, como sonámbulos, subieron por la oscura escalera que crujía bajo sus pies, atravesaron la oscura antesala y, en la habitación, ensombrecida por la tarde lluviosa, se dejaron caer desvanecidos sobre la burda colcha que cubría oscuramente el lecho, buscaron de nuevo el beso del que bruscamente les habían arrancado, los rostros húmedos de lluvia o de lágrimas, no lo sabían. Ruzena se separó, condujo su mano a los cierres que cerraban a la espalda su corpiño y su voz cantarina sonó oscura: «Suelta esto», susurró Ruzena, mientras tiraba de su corbata y los botones de su chaqueta. Y en un repentino acto de humildad, ya fuera ante él, fuera por agradecimiento hacia Dios, cayó de rodillas, la cabeza junto al borde de la cama, y le desabrochó los zapatos. Oh, qué espantoso era aquello, por qué no dejarse sumergir simplemente, olvidando la coraza que los ocultaba, y, sin embargo, cuán agradecido le estaba por simplificar tan conmovedoramente la situación: oh, liberación de su sonrisa, al descubrir la cama en que se precipitaron. Todavía molestaban los bordes tiesos y almidonados de la pechera de la camisa, que pinchaban la barbilla de Ruzena, y ella, abriéndola y metiendo el rostro entre los rígidos bordes, ordenó: «Quítate esto», y ya sólo hubo liberación y sensaciones, suavidad del cuerpo, aliento, ahogo en las corrientes del sentir, encanto que surge de la angustia. Oh, angustia de vida, que fluye de la carne viva que recubre los huesos, suavidad de la piel, que tensa se extiende sobre ella, terrible presagio del esqueleto, del tórax enmarcado de costillas que tú puedes rodear con tus brazos y que palpitante se apoya en ti con un corazón que late junto al tuyo. Oh, dulce olor de la piel, perfume húmedo, blandos surcos bajo los senos, oscuridad de las axilas. Pero Joachim estaba todavía demasiado turbado, los dos estaban demasiado turbados para poder concienciar el encanto, sólo sabían que estaban juntos y que, no obstante, debían buscarse. En la oscuridad vio el rostro de Ruzena, pero parecía deslizarse, como si se perdiera entre las oscuras riberas del río de bucles, y lo buscó premiosamente con la mano para cerciorarse de que estaba allí, encontró la frente y los párpados, bajo los cuales descansa duro el globo ocular, encontró la deliciosa redondez de las mejillas y la línea de la boca, abierta al beso. Las olas del deseo se iban sucediendo unas a otras; arrastrado por la corriente, su beso encontró el de ella, y mientras los sauces de las riberas del río crecían y se tendían de una orilla a la otra encerrándolos como una cueva de felicidad, en cuya apacible serenidad descansara el silencio del lago eterno, la voz de Joachim aunque hablaba muy bajo, ahogado y sin respiración, buscando únicamente el aliento de ella, estalló en un grito, en un «te quiero» que la hizo abrirse, como se abre un molusco en el mar, y él se sumergió en ella en un viaje sin retorno.
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