lunes, 4 de julio de 2022

—No es posible. La ventana sigue clavada y en la puerta está el candado —le dijo a su madre, volviéndose.
—Creo que, de todos modos, deberías echar una ojeada a la maleta para ver si faltan libros. Tus dos antiguos compañeros me dan miedo. No sé cuántas veces te lo escribí: no debiste tratar con esos tipos, eran demasiado maliciosos para ti, pero no me escuchaste.
Oí que la maleta se abría y la voz del Cuatrojos respondía:
—Me hice amigo de ellos porque pensé que papá y tú teníais problemas de dentadura y que, algún día, tal vez el padre de Luo podría seros útil.
—¿Es cierto?
—Sí, mamá.
—Eres un cielo, hijo mío. —La voz de la madre se hizo sentimental—. Incluso en una situación tan adversa pensaste en nuestras muelas.
—Mamá, lo he comprobado: no ha desaparecido ningún libro.
—Mejor así, era una falsa alarma. Bueno, vámonos.
—Espera, pásame la cola del búfalo, la meteré en la maleta.
Minutos más tarde, mientras ataba la maleta, oí que el Cuatrojos gritaba:
—¡Mierda!
—Ya sabes que no me gustan las palabrotas, hijo mío.
—¡Tengo diarrea! —anunció el Cuatrojos con voz doliente.
—Utiliza el orinal, en la habitación.
Para nuestro alivio, oímos que el Cuatrojos corría hacia el exterior.
—¿Adónde vas? —gritó la madre.
—Al campo de maíz.
—¿Llevas papel?
—No —respondió la voz del hijo alejándose.
—¡Te llevaré el necesario! —gritó la madre.
Qué suerte la nuestra que el futuro poeta tuviera la manía de descargar su vientre al aire libre. Puedo imaginar la escena horrorosa y humillante con la que nos habría mortificado de haber corrido a la habitación, cogido a toda velocidad el cubo higiénico bajo la cama, haberse sentado encima y evacuado la sangre del búfalo ante nuestras narices, con un estruendo tan ensordecedor como la caída de una impetuosa cascada.
En cuanto la madre salió corriendo, oí que Luo murmuraba en la oscuridad:
—¡Venga! ¡Nos largamos!
Al pasar por el comedor, Luo cogió la maleta de libros, y tras una hora de loca carrera por el sendero, cuando decidimos por fin hacer un alto, la abrió. La cola del búfalo, negra, de punta peluda y salpicada de oscuras manchas de sangre, destacaba sobre los montones de libros. Era de excepcional longitud: sin duda era la del búfalo que había roto las gafas del Cuatrojos.

Balzac y la joven costurera china - Dai Sijie 

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