lunes, 25 de julio de 2022

Más tarde llamó a Joachim a la cocina; él creyó primero que sólo quería que la viera con su gran delantal blanco y el cucharón en la mano, y estaba muy predispuesto a acoger con ternura esta imagen casera y cariñosa, pero Ruzena, apoyada en la puerta, lloraba; era casi la misma escena de años atrás: él, un muchacho todavía, había ido a la gran cocina en busca de su madre y allí una de las criadas —tal vez la madre acababa de despedirla— lloraba con tanta amargura que él, de no haberle dado vergüenza, habría llorado con ella. «Ya no me quieres», sollozaba Ruzena aferrada a su cuello, y aunque se besaron con más intensidad que nunca, no se tranquilizaba, «… terminado, lo sé, todo ha terminado…», repetía, «… pero ahora vete, tengo que cocinar». Se secó las lágrimas, sonrió. Pero Joachim se alejó a disgusto, y le incomodaba saber a Bertrand en la habitación; naturalmente el comportamiento de ella era pueril, era pueril creer que todo hubiera terminado a causa de Bertrand, y no obstante se trataba de un certero instinto femenino, puro instinto femenino, no se podía calificar de otro modo, y Joachim sintió oprimírsele el corazón. Pues aunque Bertrand, suficientemente cínico, lo recibió con las palabras «Es encantadora» y despertó en él el orgullo agradecido del rey Kandaule, la amenaza persistía: si él regresaba a Stolpin, entonces Ruzena estaría perdida y entonces todo habría terminado. ¡Si al menos Bertrand lo hubiera prevenido contra la agricultura! ¿O es que quería —tal vez en contra de sus propias convicciones— impulsarlo hacia este oficio sólo para alejarlo de Berlín y conseguir de este modo a Ruzena, a la que, a pesar de todo, consideraba de su legítima propiedad? ¡No podía creerlo!

Pasenow o el romanticismo - Hermann Broch 

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